jueves, 5 de abril de 2018

LA ADOLESCENCIA, “ÉPOCA BARROCA”



Por: Édver Augusto Delgado Verano.
Coloquios para Pensar

Al llegar la adolescencia, muere la infancia; al llegar la juventud, muere la adolescencia; al llegar la edad madura, muere la juventud; al llegar la vejez, muere la edad madura; y al llegar la muerte, muere toda edad. No puedes desear que llegue una edad sin desear que muera otra (Pegueroles, 1972, p. 73-74).

Lo que la oruga interpreta como fin del mundo es lo que su dueño denomina mariposa (Richard Bach, 1988. Ilusiones).

“El adolescente de hoy es terco, caprichoso, nadie lo entiende, es desordenado, loco y no piensa en el futuro”, son frases que no sólo se escuchan en estos tiempos, sino que a lo largo de la historia han repetido los adultos, porque la condición -“rebelde sin causa”- es tan natural en todas las personas para alcanzar el obligado cambio que lleva a la adultez, como lo es la condición de larva para llegar a mariposa.

Así como la historia occidental vivió -después del medio evo- la época barroca que no era muy bien definida por su condición trasformadora, podemos decir que el niño, mientras cambia de una condición a otra en la adolescencia, vive una época romántica o barroca , ya que en ella no presenta una forma definida: sus características de personalidad están en transformación y tienden a no estar muy claras; su pensamiento se torna crítico y bastante analítico; sus emociones son variables, su estado anímico cambiable y sus gustos bastante conflictivos.

Por adolescencia se entiende el obligado periodo de cambio y transformación de niño a adulto. Recordemos que la palabra adolescente viene del vocablo latino “adolescens, también adulescens que quiere decir “hombre joven”; del participio activo de “adoleceré” que traduce “crecer”, llegar a la maduración, y se deriva también de “adolescentia” que traduce “juventud” (Coromines, 2008), por lo tanto, es un lapso de tiempo especial en el desarrollo humano que permite la transformación y por su complejidad e importancia, requiere del cuidado y orientación de padres y profesores, ya que ellos son los principales formadores, acompañantes y guías.

La palabra procede del latín adolescere que significa crecer o desarrollarse y no de adolescere que significa padecer, sin embargo, dado los cambios sociales de los últimos años, en la sociedad occidental se ha asociado esta etapa de la vida más con lo segundo, esto tiene que ver con el hecho de que al aumentarse el periodo de transición hacia la vida adulta -se inicia la adolescencia en épocas más tempranas y se termina en periodos más tardíos- los adolescentes se han vuelto objeto de todo tipo de estereotipos y en una cosa que consume, todo ello según los parámetros de la sociedad capitalista (Restrepo, 2009, p. 32).

Después de unos cortos años de infancia, juego, sobreprotección y descubrimiento del mundo, el niño se ve -inevitablemente- obligado, no sólo a tener cambios trascendentales sino a experimentar una época de autodescubrimiento que es, fundamentalmente, un periodo de crecimiento físico y emocional que se inicia con la llegada de la pubertad y se extiende: desde los 11 o 12 años a los 18 años en la mujer, y desde los 13 o 14 a los 20 años aproximadamente, en el hombre.

Quienes están viviendo la etapa de cambio son como las larvas que se están preparando dolorosamente para ser mariposas. En estas personas lo que más les genera conflicto es el cambio emocional y de acuerdo a los contextos particulares este se manifiesta de diferente modo. No es lo mismo el hijo(a) único(a), que el que tiene hermanos mayores y el que tiene hermanos menores.

Su desarrollo emocional sufre una desorientación inesperada y desconcertante. Su mente se llena de temores a lo desconocido y ante tal situación, su impulso básico es regresarse en el tiempo, hacia la niñez. (…) Al llegar a la encrucijada del crecimiento corporal por lado y bajo los efectos de la regresión emocional por el otro, algunos ex niños vuelven a experimentar temores variados (como a la oscuridad o a los fantasmas) (Landaeta H, 2008, p. 48-49).

El adolescente vive una etapa necesaria de desequilibrio e inestabilidad extrema o semipatológica, que algunos expertos han llamado: “síndrome normal de la adolescencia”. Esta etapa que es inaceptable para los adultos, es bastante necesaria para el niño y la niña, porque les ayuda a establecer su identidad gracias a la confrontación de sus gustos, caprichos, dudas, creencias y afirmaciones con las del mundo.

Tras el huracán de la pubertad, el organismo tiende a recomponer la armonía de sus formas y entra en la espléndida estación de la adolescencia. En su significado más amplio, esta comprende el periodo que abarca complexivamente casi todo el segundo decenio; en particular, empero, se reserva el nombre de adolescencia a el trienio que sigue inmediatamente a la pubertad y en el cual los fenómenos de maduración psíquica predominan sobre la transformación corporal. La adolescencia es en una palabra, casi el coronamiento y el premio del penoso trabajo de la pubertad, época en la que el organismo se hallaba completamente ocupado en realizar el esquema de desarrollo inscrito en la profundidad del substrato biológico (Canova, 2004, p. 81).

Por los trascendentales cambios en el desarrollo, el adolescente se torna confundido; se opone con valentía a las instituciones y a lo propuesto por el mundo adulto; pide tolerancia, siendo intolerante, y como es sensible a la crítica, se siente perseguido, rechazado e incomprendido. Si no se le trata con benevolencia sus decisiones pueden confundirlo aún más porque es inmediatista y poco reflexivo al momento de actuar en situación de crisis.

Estas manifestaciones se reflejan de manera diferente en los varones y en las mujeres. En el varón, se manifiestan el deseo de ser hábil y ocupar el puesto de capitán en los juegos, su deseo de ser y de ir más allá de su grupo social. Su prestigio más adelante se expresa en su destreza física, su agresividad y su intrepidez (…). En las mujeres, el cambio del ideal de la personalidad es mucho más radical. En ella, las cualidades tranquilas, apacibles, no agresivas, están asociadas con la afabilidad, la complacencia, el buen humor y la figura atractiva (Torres, 2001).

Los cambios bruscos que el niño experimenta en la adolescencia se reflejan en su cansancio, mal humor, incertidumbre, miedo y alejamiento de las leyes que, en algunos casos, le hace dudar de todo y entrar fácilmente a experimentar estados de depresión, porque «de los permanentes conflictos con los adultos, del descontento consigo mismo y con el mundo, de su aislamiento y de la insistencia en su propio yo, nace de una manera más definida la reflexión y la conciencia del yo» (Torres, 2001) que, con el tiempo, le definen su personalidad. No olvidemos que después del caos llega la calma y ésta define la nueva esencia.

Llega un momento en el crecimiento de los hijos, que los padres se preocupan más por los gastos de la educación, el vestido, la salud y el alimento, y ante estos afanes no se dan cuenta que de un momento a otro aparece en sus vidas un extraño que es pero no es el que hasta hace muy poco era el o la consentida de la casa.

Un día cualquiera este individuo multiforme aparece caminando con cierta cadencia o utilizando palabras nuevas que disfruta al saborearlas, tomando nota del impacto que ellas causan en los demás. Otro día decide ponerse una ropa de un estilo o color particular, raparse la cabeza, teñirse el cabello o abrazar la secta de los “sobrevivientes al cambio climático del Sol”, y cuando alguien le consulta la razón por la cual hasta ayer quería más bien inscribirse en el “movimiento contra el cambio climático de la Luna”, responde con una explicación incomprensible o con el consabido encogimiento de hombros que le libra de cualquier responsabilidad en el hecho (Landaeta H, 2008, p. 102).

Ha cambiado su forma de pensar, sentir y actuar; ha cambiado su estilo y sus gustos. Ahora habla diferente e invierte su tiempo en otras actividades. Adios a los juguetes, pero ojo que no se pueden tocar, porque siguen siendo su propiedad.

En verdad lo que aprecian sus ojo, es una multiplicidad de impresiones de las diferentes edades que él(ella) ha pasado y de diversas personalidades que a modo de college han ido pegándose, hasta constituir lo que a primera vista parece una sola pieza (Landaeta H, 2008, p. 101).

Durante la adolescencia las personas consolidan el ideal del yo y, si el medio ambiente lo permite, en esta etapa se cambia el individualismo por verdaderas inquietudes por el bien común. Esta etapa es así, fundamental para el surgimiento y el afianzamiento de valores personales que en el futuro orientan la conducta en el medio social y la formación de la personalidad moral.

Como en la adolescencia se está en crecimiento, el niño experimenta amorfos sentimientos, contrarias convicciones, difusas creencias y extravagantes gustos, porque vive el “ver para creer”, la investigación continúa y la época infantil de las preguntas que había perdido en la segunda infancia (de los 6 a los 10 años). Hoy los nuevos adolescentes, por el bombardeo de modas, luchas, ideologías y tendencias, dudan fácilmente de su realidad y su sexualidad. Son muchos los cambios y contradicciones que lo confunden y -algunas veces- alocadas ideas que le hacen creer que siempre tiene la razón y cuenta con la capacidad de cuestionar duramente la sociedad, la cultura, la religión y los principios éticos.

La adolescencia resulta así un momento crucial para resimbolizar huellas y marcas singulares, un tiempo decisivo para reinscribir ese legado simbólico en “otra escena”: la de un anudamiento temporal, un despertar. Es por ello que, tradicionalmente, se ha enfatizado el carácter de duelo de este “doble nacimiento”; reposicionamiento del sujeto frente a: las figuras parentales idealizadas de la infancia, vacilación y extrañeza frente a la metamorfosis de la imagen corporal propiciada por la pubertad, la caída de las identificaciones colocadas en los “objetos idealizados” de la infancia (Barrantes, 2001, p. 268).

Pero, gracias a la multiplicidad de cambios, el niño se torna más reflexivo y desarrolla el pensamiento formal que le permite distinguir entre lo real y lo fantástico; lo justo y lo injusto; lo imposible y lo posible.

A medida que pasa el tiempo, el adolescente es más profundo y está en la capacidad de analizar y sintetizar sus ideas, porque, «a través de cualquiera de sus elecciones, incluso aparentemente triviales, va, en definitiva, eligiendo el tipo de hombre y el tipo de mujer que pretende ser» (Canova, 2004, p. 90), y por ello -con facilidad- cuestiona los principios establecidos, se contradice, contradice a sus padres y pone en duda muchas verdades que recibió en su primera y segunda infancia.

Durante esta época de crisis el adolescente se torna terco como el adulto e iluso como el niño, y su afán por hacer valer su forma de pensar y por sentirse grande e importante, lo llevan a entrar en conflicto con los adultos y a experimentar una rebeldía que, en muchas ocasiones, ni siquiera él puede comprender, porque está -como la larva- experimentando una etapa de transformación que le forma su personalidad, sus gustos, sus creencias y lo llevan a la madurez, en la que volará con la claridad de sus alas y vivirá bien con la lucidez de sus ideas, esperanzas, fines y utopías.

En la adolescencia su estado anímico es tan cambiante como su organismo, sus ideas y su cuerpo, por esta razón permanece en estado “conflictivo”, luchador, retador, acusador y opositor. Cuando esto suceda:

ü  Déjelo que se aísle convenientemente en su mundo y que le niegue de vez en cuando el acceso a ese espacio privado, sin resentirse o reprocharle por su aparente rechazo.

ü  No le atosigue a preguntas sobre lo que le pasa. A veces ellos mismos no tienen idea de por qué sienten como lo hacen y los “interrogatorios policiales” solo les aumentan sus preocupaciones.

ü  Ponga mucha atención a los mensajes que le envía aun en momentos cuando su actitud pueda preocuparle. En su intercambio verbal, haga lo posible por transmitir con claridad la idea de que mantiene un buen concepto de él (ella).

Le sugiero una estrategia útil a este propósito: al señalarle sus desaciertos o al tratar de corregir algún comportamiento que considere digno de ser cambiado, no utilice el verbo SER (“eres un flojo”, “eres una loca”, “eres una irresponsable”, etc.). Este verbo enfatiza una condición estable en la persona.

En una situación de crítica o de reprobación de la conducta, es mejor recurrir a las formas derivadas del verbo ESTAR (Ej.: “ESTÁS actuando como un loco. No sé por qué lo haces. Tú no ERES así”, “ESTÁS muy descuidada últimamente. ¿Te sucede algo?, etc.).

Esta forma gramatical alude a la conducta que exhibe en un momento dado y no al todo de la personalidad como tal. Haciendo esto por una parte preservamos la confianza del adolescente en la posesión de una buena identidad –la cual apreciamos-, y por otra le ayudamos a ganar confianza en su posibilidad de progreso personal (Landaeta H, 2008, p. 43).

Por la condición amorfa y poco definida, que es típica de toda transformación, los padres y los profesores deben orientar con bastante cuidado a los adolescentes, ya que en esa época:

Se presentan fenómenos relativamente nuevos, como el uso de drogas alucinógenas, mayor número de embarazos entre las adolescentes, mayor frecuencia en contraer enfermedades venéreas en los jóvenes. Mayor tendencia al suicidio, mayor adhesión a tendencias ideológicas radicales, exigencia de una libertad total en lo sexual, menor aceptación de la autoridad paterna y de los profesores (González, 1978., p. 9).

Mientras cambian sus ideales y principios, el adolescente vivencia sentimientos apasionados que lo hacen dudar de todo, de todos y -en muchos momentos- de sí mismo. A pesar de mostrarse fuerte en sus juicios, se deja arrastrar con facilidad cuando encuentra modelos satisfactorios a sus gustos; hace nuevos amigos y consolida pequeños grupos de afinidad por su constante búsqueda de nuevas realidades, y se compromete con relaciones amorosas que le permiten despertar y afianzar sus rasgos sexuales y de comportamiento ante las demás personas, sobre todo ante las de sexo opuesto.

El adolescente de la era tecnológica que se está viviendo, disfruta la música pero llega a ella por el video. Para ellos la imagen les permite descubrir la profundidad.

Conviene tener en cuenta que la realidad grupal es una característica fundamental de la adolescencia. El grupo supone para el adolescente el consuelo en la incertidumbre, en la indecisión y en la angustia. Lo busca porque garantiza su seguridad personal, le ayuda a emanciparse de los padres y a defenderse de la autoridad (Francia, 1987, p. 15).

Diferente a sus años anteriores, el adolescente siente la necesidad de razonar y, por ello, se preocupa mucho por mantener diálogos profundos en los cuales pueda exponer sus puntos de vista sobre las cosas, los sentimientos y fenómenos de la realidad. No olvidemos que -por su condición de búsqueda- está dispuesto al conocimiento que provenga de otras personas y de nuevos ambientes si estos se muestras coherentes. Por esta razón, es conveniente que los adultos orienten el desarrollo de características y actitudes positivas, e inculquen -con el testimonio coherente- una idónea forma de pensar, sentir y actuar que le garanticen gestar una personalidad idónea para la sociedad, capaz de hacer realidad los valores humanos y los principios de la fe.

Por su parte, la adolescencia resulta el momento más importante para consolidar una buena autoestima. Las transformaciones corporales, los cambios de humor, la necesidad de distanciarse de los padres y de encontrar su propia identidad ponen al adolescente en una situación de gran vulnerabilidad e irritabilidad. A pesar de que a veces los “contactos” se tornan arduos, el adolescente no precisa sobreprotección, sino nuestra complicidad para reconocer su valor y consolidar su autoafirmación.

Pese a que el adolescente es rebelde, desordenado, cambiante, incomprensible, crítico y analítico, si es bien orientado se preocupa por el bienestar de las demás personas; vivencia fuertes estados espirituales; busca conformar grupos de trabajo y compromiso social; realiza tareas en beneficio de los más necesitados y son estas actividades las que le permiten descubrir sus gustos, intereses y motivaciones, orientar su vida profesional, emocional y su Proyecto Personal de Vida.


Referencias:

Bach, Richard. (1988). Ilusiones. Buenos Aires: Ed. Javier Vergara.
Barrantes, Ginette. (2001). El duelo en la adolescencia. Una crítica de la versión romántica. En: Donas Burak, Solum. Compilador. (2001). Adolescencia y juventud en América Latina. Costa Rica: Editorial Tecnológica de Costa Rica.
Canova, Francisco. (2004). Psicología evolutiva del adolescente. Bogotá: Ed. San Pablo.
Coromines, Joan. (2008). Breve diccionario etimológico. Madrid: Ed. Gredos.
Francia, Alfonso. (1987). Curso para jóvenes cristianos animadores de grupos I. Documentación y servicio. Madrid: Ed. CCS.
Gonzalez I, Guillermo. Comportamiento y salud, tomo II. Ed. Bedout. Medellín. 1978., p. 9.
Pegueroles, Juan de. (1972). Pensamiento filosófico de San Agustín. Barcelona: Ed. Labor.
Restrepo S, Jaime A. (2009). Desarrollo humano y habilidades para vivir. Manizales: Universidad de Manizales.
Torres M, Gertrudys. (2001). Desarrollo del niño en edad escolar. Bogotá: Ed. Usta.
Landaeta H, César. (2008). Esos `monstruos`adolescentes. Manual de supervivencia para padres. Bogotá: Editorial Alfa.

martes, 27 de marzo de 2018

SOMOS PERSONAS


Todos los seres humanos somos mucho más que aquello que nos dicen y, sobre todo, aquello que el mercado, la competencia y el consumo nos presenta. Somos grandes, majestuosas, misteriosas y maravillosas máquinas; somos la más extraordinaria productora de energía del mundo y la más perfecta creadora de ideas, porque somos personas.
Al ver los avances de la ciencia fácilmente nos asombramos, y ante las nuevas creaciones tecnológicas nos doblegamos, pero no nos damos cuenta que por encima de todo ello, estamos nosotros y nunca existirá un artefacto superior a nuestra mente y a nuestro organismo.

Si esto es tan cierto… ¿por qué nos limitamos?, ¿por qué nos reducimos?, y ¿por qué no nos atrevemos a explotar todas nuestras capacidades?
A ti, que estás leyendo estas líneas, alguien o algo te dijo, en algún momento que no podías hacer algo diferente a lo que estás haciendo, y peor aun, de pronto fuiste tú mismo quien dijiste que no podías hacer algo más grande, importante y mejor.
Pues ya es hora de que te detengas, pienses y evalúes eso que haces, eso que te quita lo más valioso que es el tiempo y te atrevas -con valentía y disciplina- a reinventarte, a reinstalarte nuevas ideas; a reconvertirte y a regenerar tu forma de pensar, de sentir y actuar.
Ya es hora de potenciar tu espíritu dinámico y emprendedor, porque ser mejor, crear, construir, transformar y sobre todo, buscar trascender, está en tu esencia por el echo de ser una grandiosa e inigualable máquina, obra perfecta de Dios.

ÉDVER AUGUSTO DELGADO
Coloquios para Pensar

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lunes, 12 de marzo de 2018

EJERCICIO POLÍTICO HOY


EJERCICIO POLÍTICO HOY

Cuando estudiamos el Estado Colombiano, resulta sorprendente darnos cuenta que su organización política (no politiquera) es muy buena, madura, seria y tan bien estructurada que responde a las necesidades del mundo actual. Ella es producto de la madurez de la organización de las Repúblicas hoy; y tiene un sistema de participación, control y veeduría que no sólo facilita el orden sino que al ser bien liderado, garantiza la transparencia de las diferentes acciones.

Compréndase por favor el hecho de ser un ESTADO SOCIAL DE DERECHO, democrático y pluralista; entiéndase la distribución de los poderes; el papel de la Procuraduría, la Contraloría, la Fiscalía y, así muchos lo critiquen, el importante papel que deben cumplir los partidos políticos y las fuerzas militares y de policía.

El problema no es el Estado y su organización, el cáncer que carcome este cuerpo social, es la politiquería y los supuestos “líderes” a quienes les damos el poder (porque somos nosotros quienes los elegimos).

El problema también es del pueblo (nosotros, todos y todas), porque no entendemos la importancia de ser críticos, analíticos y exigentes con los gobernantes, administradores y funcionarios públicos, que resultan ser nuestros empleados porque están para servirnos.

Ante el panorama actual y de acuerdo a lo anterior, veo que no es prudente que de forma irresponsable y populista se diga que:
- Hay que hacer Asambleas Constitucionales y cambiar la Constitución y la organización del Estado.
- Hay que reducir la participación política en Senado y Cámara. Grabe error porque menos participación es estar sometidos a unos pocos quienes -casi siempre- son los menos cuerdos y competentes (vean a Venezuela).
- Hay que plantear revoluciones armadas; rivalismos y divisiones tercermundistas. Eso no lleva a nada bueno.
- Hay que manifestar rompiendo bienes públicos. Miren cuánta plata se gasta en arreglos locativos en las universidades públicas cuando los caprichosos niñitos rompen y dañan todo (ese dinero podría gastarse en tecnología).

La solución está en una mejor educación y esta no sólo depende de si es pública o privada, depende de que todos -desde los más pequeños a los más viejos- asumamos que tenemos que ser responsables con lo que metemos a nuestras cabezas (que tal exigir que los medios masivos de comunicación mejores sus contenidos).

Necesitamos un sistema de salud eficiente y esto se logra cuando los médicos y las empresas le den verdadero valor a la vida que es sagrada.

Necesitamos una mejor economía y esta no está en la extracción de minas y petróleos, esta está en lo que somos fuertes… AGRICULTURA. Así que necesitamos con urgencia reducir la intermediación y construir muchas y buenas vías para que los campesinos puedan comercializar más rápido y mejor sus productos.

Necesitamos una seria y exigente formación ética, cívica y política.


Por: Édver Delgado.
Coloquios para Pensar.

sábado, 10 de marzo de 2018

Somos


CONCIENCIA SOCIAL



CONCIENCIA SOCIAL
Opción para pensar, sentir, actuar y convivir

Por: Lic. Édver Augusto Delgado
edverdelgado@gmail.com

“O nos hacemos responsables del globo globalizado, o estamos involucrados en su destrucción. No podemos asegurar nuestra vida destruyendo la vida del otro. Tenemos que afirmar también la vida del otro” (Hinkelammert, 2001).

“Cumplamos la tarea de vivir de tal modo que cuando muramos, incluso el de la funeraria lo sienta”. Mark Twain.
“Entonces el Señor preguntó a Caín: «¿Dónde está tu hermano Abel?». «No lo sé», respondió Caín. «¿Acaso yo soy el guardián de mi hermano?». Génesis 4, 9.

El presente documento -producto de la reflexión y el análisis continuo- resalta la importancia de cambiar el paradigma, la forma, el estilo como nos comprendemos y comprendemos a las demás personas que con nosotros habitan y construyen el mundo.

Sin pretender pontificar una verdad absoluta, el documento presenta sencillos pero fundamentados argumentos sobre la importancia que tiene pensar, sentir, actuar y convivir a partir de una seria y profunda conciencia social.

Palabras clave: Conciencia, servicio, esencia, apariencia, ser, existir, trascender, pensar.
 
Ante los gritos, desesperos, doctrinas, ideologías y muy diversas y cambiantes formas de entender la vida a partir de los principios filosóficos, políticos, económicos, sociales, morales, éticos, religiosos y espirituales, entre otros, es muy importante buscar los puntos unificadores del comportamiento humano actual, para con ellos lograr síntesis prácticas que nos permitan convivir en la diferencia y construir juntos el mundo.
Ante esto proponemos ahondar en la comprensión de lo que hemos llamado Conciencia Social, que de acuerdo a la satisfacción de las necesidades; el desarrollo de las dimensiones; la ejercitación de las inteligencias múltiples; el despertar espiritual, y la búsqueda de trascendencia gracias al cumplimiento del propósito de vida, es una efectiva mirada de la realidad y mejor forma de poder contribuir con el cambio que la humanidad exige.

La Conciencia Social es una forma sentipensante de entendernos en la realidad y ser capaces de entender a las demás personas. De forma ilustrativa es la capacidad de pasar de ver al otro como otro, para verlo, sentirlo, respetarlo y valorarlo como Otro. Otro con mayúscula, porque no es objeto ni medio, es importante, es vital, es un sujeto con dignidad, poseedor de Derechos y Deberes, es un ser valioso y muy necesario para nuestra existencia.

Pero, en el actual mundo mundializado, globalizado y totalmente interconectado por los intereses económicos, políticos y el poder de los medios masivos de comunicación (radio, prensa, televisión e internet), se viven diversas y contrarias formas de comprensión del ser humano y su realidad con las demás personas que -sin lugar a dudas- dificultan el buen desarrollo comunitario.

La globalización y el mercado que domina el mundo nos ha instalado en una realidad indeseable y dominada por la indiferencia, la lógica especulativa, el olvido y la consagración del capitalismo autoritario que nos da valor por lo que tenemos y no por lo que somos.

Hay dos ejemplos emblemáticos que nos ilustran la urgente necesidad de buscar una efectiva forma de comprendernos en relación a los Otros. Una es la historia de la mujer que fue encontrada totalmente descompuesta en el sofá de su casa, quien había muerto viendo televisión y después de cinco años, los únicos que la echaron de menos y que finalmente la encontraron fueron los de la oficina de impuestos; y la otra la del hombre que durante cinco horas estuvo muero en una silla del metro de Nueva York, rodeado de gente anónima e indiferente que no percibió que estaba muerto a causa de un infarto.

Las situaciones anteriores sólo son una mínima muestra de la indiferencia actual. Hoy tenemos más herramientas para comunicarnos y estar cerca, pero estamos más alejados, silenciados y comprometidos con las demás personas.

Si la razón nos caracteriza como especie humana, tenemos que caminar como lo han hecho muchas culturas del mundo, hacia la vivencia plena de los sentimientos para, desde ellos, preocuparnos por el bien común y lograr unos mínimos principios éticos que valoren y respeten la vida en todas sus manifestaciones, porque muy bien se ha escuchado decir que… la vida es sagrada.

La sociedad, cada vez más globalizada nos exige otras forma de comprensión en las que juega un papel muy importante vivir bajo la mágica sombra del arcoíris y la multiplicidad de estrellas que corren, se chocan, construyen y se divierten en el universo del planeta comunicado.

El mundo oriental gracias a sus filosofías religiosas como el hinduismo, el taoísmo, el budismo y el confusionismo nos enseñan que debemos valorarnos planamente como complementarios y necesitados los unos de los otros. Esta postura es muy cercana a la visión de mundo de nuestros pueblos primitivos en Latinoamérica porque en ellos, era importantísimo el trabajo colaborativa, la ayuda mutua y la solidaridad. En esos pueblos que al leer la historia los vemos con desprecio, se vivía una lógica de conciencia social ya que todos daban lo mejor de sí para el bien comunitario y, gracias a esta entrega amorosa, recibían y vivían bien.
Si nos damos cuenta la lógica oriental y la esencia latinoamericana encajan perfectamente con el llamado de amor, unidad y servicio que profesan nuestras religiones occidentales como el judaísmo, el cristianismo y el islamismo, sólo que en lo oriental y lo primitivo latinoamericano, los valores, la ayuda mutua, la solidaridad y la fraternidad son esencia, en cambio por nuestro lado occidental resulta una exigibilidad ética, que debe ser racionalizada y obligada bajo una ley.  

Hoy, ante la indiferencia y la objetivación de las personas por culpa del consumo, el materialismo y el mercadeo agresivo, necesitamos más que nunca trabajar para lograr el encuentro de subjetividades que se engrandezcan y complementen en la diferencia cada vez más marcada.

Por lo tanto es importante comprender que el Otro no es el subalterno, el inferior, el que incomoda y nos molesta, sino el que nos acomoda y acompaña. El Otro sea hombre o mujer, sin distingo de forma de pensar y comprenderse sexual, religiosa o ideológicamente es por quién vivimos, trabajamos y luchamos día a día.

Ver, reconocer, valorar y respetar a ese Otro, nos hace solidarios y esta característica nos permite reconocer la dignidad para hacerlo sentir persona y ayudarle a transformar su realidad que es también nuestra.

Como seres gregarios que somos, siempre requerimos del apoyo y la complicidad de las demás personas para vivir bien. Prueba de ello es que al momento de nacer y dar nuestros primeros pasos no somos capaces de hacer nada por nosotros mismos.

El descuido en el empeño de cultivar y mantener una relación adecuada con el vecino, hacia el cual tengo el deber del cuidado y de la custodia, destruye mi relación interior conmigo mismo, con los demás, con Dios y con la tierra. Cuando todas estas relaciones son descuidadas, cuando la justicia ya no habita en la tierra, la Biblia nos dice que toda la vida está en peligro (Francisco, 2015, p. 67).

Mounier, en su teoría personalista nos recuerda que nuestra vida está dirigida hacia otro ser: “ser hacia”.

El otro no es para la persona un desconocido, un él, sino un tú. Yo descubro a un hombre cuando súbitamente se me presenta como un tú: tu quoque filii” (Baigorri G, José A. El personalismo cristiano).

El escritor José Saramago, premio Nobel de Literatura, en una visita que realizó a la ciudad de Chíapas nos afirmó acerca del valor de la presencia que ella implica comprender:

Comprender la expresión de esas miradas, la gravedad de esos rostros, la manera simple de estar juntos, de sentir y de pensar juntos, de llorar juntos las mismas lágrimas, de sonreír con la misma sonrisa. Comprender la forma en que las manos del único superviviente de una masacre se colocan como alas protectoras sobre la cabeza de sus hijas, comprender esa corriente sin fin de vivos y muertos, esa sangre derramada, esa esperanza recobrada, ese silencio de quien reivindica, desde hace siglos, respeto y justicia, esta cólera contenida de quien, finalmente, ha dejado de esperar (García, 2005, p. 21-22).

Una sana conciencia social por lo tanto, nos lleva a reconocer que somos necesarios y necesitados de los demás. «En efecto, todos nosotros formamos la humanidad y una sola intervención sobre un ser humano repercute en todos los demás» (Paciotti, 1995, pp. 16-17).

Entendido esto, la Conciencia Social es una forma de pensar diferente que se hace actitud y nos inclina a responder favorablemente a las necesidades de los Otros, a quienes llamamos, prójimo, compañeros, hermanos, amores, amigos y familia; personas con quienes lloramos, oramos, sufrimos, trabajamos, jugamos y buscamos el bien, la justicia y la paz.

(Hoy) asistimos, igualmente, a la necesidad de afrontar conjuntamente los problemas; los riesgos y las amenazas no tienen domicilio, sino que andan por todos los pliegues de la realidad; no son calculables ni previsibles desde un único territorio, ni por unos individuos, ni por unos Estados, sino que caracterizan el modo de vida de los seres humanos. Para los peligros no hay territorios acotados ni clases sociales inmunes: lo que sucede dentro del globo, atañe a todos y afecta a cada uno (García, 2015, p. 15).

Desde una sana conciencia social el Otro nos duele nos preocupa y lo que con él pase nos debe tocar, porque es constitutivo de nuestro ser en el mundo.

Todos estamos llamados a dejar de seguir poniendo las soluciones a nuestros problemas en manos de unos pocos, para ser partícipes activos y protagonistas de las transformaciones, ya que la sociedad la hacemos todos.

La conciencia social exige participación y análisis activo para lograr la comprensión profunda y un sinnúmero de soluciones concretas y gestadoras de cambio.

El bien común no es algo exclusivamente humano, sino de toda la comunidad cósmica. Todo cuanto existe y vive merece existir, vivir y convivir. El bien común particular surge partiendo de la sintonía y sinergia con la dinámica del bien común planetario y universal (Boff, 1996).

La conciencia social nos permite trascender, es decir estar en ascenso. Tra- trans: permanecer en el tiempo y en el espacio. Permanecer en la historia; dejar huella. Ascender: ir hacia arriba, estar mejor, crecer. De ahí que apostarle a servir y ser parte de la solución y fuerza unificadora y no divisora, es estar en un ejercicio de trascendencia que nos lleva a ser ascensores que hacemos trascender a los Otros.

No podemos olvidar que vinimos al mundo para ser infinitos, no finitos. Llegamos aquí para trascender, no para morir. Quien sirve, deja huella. Muy bien dijo la hermana Teresa de Calcuta: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”.

Pasan los años y no terminamos de conocer a las personas, es más, no nos conocemos a nosotros mismos. Somos unos desconocidos, porque vemos apariencias, algo así como las sombras de las que nos habla el mito de la caverna escrito por Platón hace más de dos mil años. Estamos encadenados a las sombras de lo que el mundo presenta como bueno o malo. La conciencia social nos permite pasar de la apariencia a la esencia.

Hoy, podemos decir que nos hemos limitado a valorar a las personas por lo que muestran, es decir “ser buenos o malos”, pero no las valoramos y no nos valoramos por la esencia de nuestro corazón, por la pureza y dignidad de él. Corazón de carne, corazón vivo, corazón de Dios.

Vivir desde la lógica de la conciencia social implica pensar crítica y analíticamente para no comer entero y lograr entender profundamente la realidad porque:

La mayoría de las sociedades tienen ausencia se pensamiento crítico. Y ese es, justamente, unos de los atributos que debemos rescatar con más interés, pues el pensamiento crítico lo obliga a uno a moverse, a cuestionarse; la ausencia de pensamiento crítico, en cambio, lleva a que otros piensen por nosotros y esto a su vez conlleva graves resultados para la autonomía, la libertad y las posibilidades internas de un país (Arango, 2005, p. 38).

Conciencia Social es entender y entendernos en lo común: en lo de todos, es pensar en, por, para y con los Otros, por esta razón ella se cristaliza en acciones concretas de servicio que nos lleva a: ser yo, viendo en mí al Otro. Ver lo que en nosotros habita de los Otros más allá de las diferencias de raza, ideologías, religión y nivel económico., porque:

En cada uno de nosotros, en nuestras células está "inscrito", "marcado" todo lo que ha vivido la humanidad desde siempre. En nosotros está el hombre de Neanderthal, el campesino peruano, el esquimal o la mujer japonesa. Está el nómada tuareg, la mujer rusa, el niño de la India, el faraón de Egipto. Con toda la responsabilidad y el fascinante descubrimiento de ser esta síntesis. En cada uno de nosotros está todo el esfuerzo de la humanidad, está el dolor de milenios y tal vez la semilla de la eternidad. Está la luz de la vida y la oscuridad de la negación. Está la ignorancia y la visión. Está realmente todo como en toda síntesis que se respete (Paciotti, 1995, p. 27).

El servicio al Otro desde la conciencia social no es paternalista, no es dador de pescado y posibilitador de las necesidades al estilo cajero, sino que moviliza el deseo de aprender a pescar y buscar los medios más efectivos para lograr mejor con las propias fuerzas y no con las prestadas.

Conciencia social es lograr dignidad, honor y confianza siempre. Es ser leal, ser útil y estar dispuesto a dejar el mundo mejor de cómo lo encontramos, como lo dijo Baden Powell of Gilwell a sus Scout.

Dejar el mundo diferente porque lo pensamos, le creemos, lo amamos y le servimos siempre.

Quien vive la conciencia social es amigo, compañero, padre, madre y hermano de los Otros sin distinción de raza, sexo, credo, pensamiento o condición social.

Quien vive a plenitud la conciencia social es cortes y caballeroso. Y como el santo de Asís, ve, valora, respeta y protege a todas las cosas y maravillas de la naturaleza, porque en ellas se descubre la obra del creador que piensa, cree, ama y sirve totalmente.

La conciencia social nos permite sentir la sociedad como parte nuestra:
ü  Es gozarse de ver que todos están bien.
ü  Es ser capaz de pensar y ver lo que otros nos ven.
ü  Es caminar sintiendo el dolor de los Otros.
ü  Es pensar lo que Otros no piensan y meterse en los zapatos del Otro.

Desde la conciencia social las personas sienten asco por la suciedad moral, la indiferencia, la injusticia, la guerra y la deshonestidad que son los males que nos empobrecen y oscurecen el corazón.

La conciencia social es naturalista y profundamente ecologista al ubicar al ser humano como principal responsable de la supervivencia de los Otros y de la totalidad del planeta tierra. Su experiencia ecológica nos invita a vivir lo sagrado de la creación desde una nueva imagen de los demás, de Dios y todo lo que existe. Nos invita a vivenciar una concepción más amplia y cósmica del misterio cristiano y la espiritualidad universal.

Hay verdaderos hombres superiores que viven una vida de completa armonía con la ley moral y que lo hacen sin que el mundo les conozca y sin ser notados por los demás. Solo los hombres de naturaleza noble son capaces de vivir así (Conde, 1995, p. 30).

La Conciencia Social, que nos hace pensar, sentir y actuar diferente para vivir mejor, nos permite un sentir sincero en el que brilla la regla de oro de todas las religiones:

No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti… en eso consiste el Dharma. Tenlo en cuenta. El Mahabarata (Hinduismo, siglo XIII a.C).

Lo que a ti te resulta odioso, no se lo hagas a tu vecino; en eso consiste la Torah; el resto no es más que comentario; ve y apréndelo. El Talmud babilónico (Judaísmo, siglo XII a.C).

La naturaleza humana sólo es buena cuando no le hace a otro lo que no es bueno en sí mismo. El Dadistan-i-dinik (Zoroastrismo, siglo XII a.C).

No dañes a los demás de manera que tú mismo considerarías dañinas. El Dhammapada tibetano (Budismo, siglo VI a.C).

No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti. Confucio, Analectas (Confucionismo, siglo VI a.C).

Tratad a los demás como queréis que ellos os traten a vosotros. Evangelio de San Lucas 6, 31. (Cristianismo, siglo 1 con Cristo).

Ninguno de vosotros es un verdadero creyente hasta que desea para otro lo que desea para sí mismo. La Sunna, del Hadit (Islam, siglo VII d.C).

No adscribas a alma alguna lo que no quieres que adscribieran a la suya, ni le digas a nadie lo que no quieres que te digan. Ésta es la orden que yo te doy y que quiero que cumplas. Bahá´u´lláh, Las palabras ocultas (Bahai, siglo XIX d.C)[1].

(Para Confucio) actuar de forma socialmente correcta en todas las ocasiones era la condición indispensable para vivir de forma civilizada, tanto en público como en privado, y era además la señal inequívoca que distinguía a los hombres superiores de los bárbaros ignorantes (Conde, 1995, p. XXIX).

La caridad es una unción, es una entrega, es un ungir al otro con verdaderas obras de misericordia practicadas desde el don de nosotros mismos.
La caridad cristiana es un despojo y una entrega total, no simplemente un dar cosas y acompañar con un falso tiempo (Nova, 2017, p 55).

El Filósofo de Königsberg (Prusia) Immanuel Kant sintetizó la regla de oro de las religiones en el imperativo categórico desde tres formulaciones, que resultan ser muy precisas ante el llamado a la conciencia social:

Dice Kant: “Obra sólo de forma que puedas desear que la máxima de tu acción se convierta en una ley universal. Obra de tal modo que uses la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca sólo como un medio. Obra como si por medio de tus máximas, fueras siempre un miembro legislador en un reino universal de los fines”.

La regla de oro y el imperativo categórico kantiano, nos ayudan a comprender la conciencia social desde los siguientes parámetros sociales:
ü  El económico: haz el bien porque cuanto más y mejor estés dispuesto a dar, más grande será la recompensa. Recuerda que las personas están por encima de la riqueza.
ü  El filosófico: haz el bien por el bien mismo, por amor propio y respeto a la ley que ha sido reflexionada.
ü  El humano: haz el bien porque tu bienestar lo requiere y sólo si estás bien podrás ser feliz.
ü  El político: haz el bien porque lo requiere una sociedad que debe ser cada vez mejor y más prospera.
ü  El religioso: haz el máximo bien porque es la voluntad del creador y es la prueba fehaciente del amor que debemos profesar.
ü  El social: haz el bien porque cuanto mejor esté con el grupo, más fácil lograrás tus propósitos. Valora el pluralismo y la diferencia porque es el secreto para respetar los Derechos Humanos.

Ese tratar a los demás como deseamos ser tratados, que puede ser interesado, amoroso, racional o esencial, es la síntesis del llamado lógico a amarnos a nosotros mismos y así amar a los Otros. Si nos duele ser rechazados, pues no rechazamos; si nos duele ser insultados, pues no insultamos, y si nos duele ser invisibilizados, jamás invisibilizamos.

Un sueño de humanidad amanecerá sobre el destino de los pueblos, se ampliará la conciencia humana y se establecerá la paz que ha sido anhelada por las mejores tradiciones culturales y religiosas (García, 2015, p. 14).

Gracias a la conciencia social caminamos hacia la esencia y no simplemente hacia la existencia (ser no simplemente existir). Porque ser es fundamental y existir superficial. Quien es, se descubre plenamente y la plenitud se logra con Otros, no individualmente. Quien es, construye reino, no egos. Viaja empujado y empujando a Otros de forma positiva, no atropellado y atropellando a masas.

La conciencia social nos hace seres capaces de andar con los ojos abiertos capaces de mirar más allá, más lejos, detrás, arriba, abajo y cerca para lograr sinceramente descubrir la necesidad, la carencia y el dolor de los Otros. Es, como lo plantea el papa Francisco, la solidaridad que da el primer paso para llegar al encuentro del necesitado.

La autenticidad de la mirada solidaria consiste en dejarse mirar y percibir un cierto estremecimiento porque el que nos mira nos juzga; es la mirada de quien cuestiona nuestro estilo de vida y nuestra sociedad patógena. La solidaridad nace de un estremecimiento ante la historia del sufrimiento evitable de la humanidad (García, 2005, p. 22).

La conciencia social permite pensar, creer, amar, servir y vivir por los Otros, llamados sociedad, grupo, amigos, iglesia y ante todo Familia.

Pensar en los Otros, creer en los Otros, amar a los Otros y servir a los Otros es vivir plenamente la caridad y esta es real cuando se vive esencialmente y no bajo el yugo de una obligatoriedad. Ser buenos por el hecho de ser buenos, y no porque toca ser buenos.

La naturaleza del ser humano, en su diseño genético, está proyectada para ser buena, para mantener relaciones sostenibles sin muchos quebraderos de cabeza y, desde luego, no está preparada para empozoñarse en el crimen. Por ese motivo, la solidaridad, el respeto y, en general, las buenas obras, no requieren justificación, se hacen porque sí. El crimen, el asesinato, la extorsión requieren de una justificación, de una razón que el criminal encuentra, no en el fondo de su alma, sino en las razones de Estado, en la religión, en los agravios históricos, en lo que sea ajeno a su propio albedrío porque es estremecedor mirarse a sí y contemplarse como antihumano (Larrañaga, 2005, p. 58).

Referencias

Arango J, Mario. (2005). Solidaridad: nociones, enfoques, tendencias y fronteras. En: DANSOCIAL (2005). Derecho a Solidarizarse. Colombia: Dansocial.
Boff, Leonardo. (1996). Ecología: grito de la tierra, grito de los pobres. Fernández Ciudad: Ed. Trotta.
Conde Obregón, R. (1995). Confucio vida y enseñanzas. España: Verón editores.
Crespo Suarez, Eduardo. (2016). Introducción a la psicología social. Bogotá: Ediciones digitales Libros para Pensar.
Defoe, Daniel. (2015). Robinson Crusoe. Bogotá: Ediciones digitales Libros para Pensar.
Francisco. (2015). Carta encíclica Laudato si’, sobre el cuidado de la casa común. (43). Bogotá: San Pablo.
Fritzen, Silvio José. (1998). Relaciones humanas interpersonales. 4ª edición. Bogotá: Indo américan.
García R, Joaquin. (2005). Globalización y solidaridad. En: DANSOCIAL. (2005). Derecho a Solidarizarse. Colombia: Dansocial.
Goleman, Daniel. (2015). Inteligencia emocional. Bogotá: Ediciones digitales Libros para Pensar.
Hinkelammert, F. (2001). El nihilismo al desnudo. Los tiempos de la globalización. Santiago de Chile: Lom.
Ingenieros, José. (1998). El Hombre Mediocre. Argentina: Ed. Porrúa.
Kropotkin, Piotr. (2015). EL APOYO MUTUO un factor en la evolución. Bogotá: Ediciones digitales Libros para Pensar.
Larrañaga, José M. (2005). Solidaridad. En: DANSOCIAL. (2005). Derecho a Solidarizarse. Colombia: Dansocial.
Nova N, Gustavo. (2017). El poder del amor es el servicio. Bogotá: Editorial Libros para Pensar.
Paciotti, Iris. (1995). El amor como terapia, crecimiento de la conciencia. Bogotá: Ed. San Pablo.
Savater, Fernando. (2015). Ética para amador. Bogotá: Ediciones digitales Coloquios para Pensar.


[1] Bahaísmo o (La Fe Bahá'í). Es la más reciente de todas las grandes religiones reveladas cuyo origen tuvo lugar en Persia, actual Irán, en el siglo XIX. Esta fe es una religión original, sus seguidores se guían únicamente por las enseñanzas de su fundador, Bahá'u'lláh. No debe ser considerada como una secta, ni como un movimiento reformador dentro de otra religión, mucho menos como un mero sistema filosófico, porque la Fe Bahá'í brinda una visión sui generis del devenir social y religioso de la Humanidad a la vez que da la solución viable para todos los problemas aparentemente insolubles de la época presente.