30 de julio de 2014

LA JUVENTUD… ¡UNA ESPECIE DIFERENTE!


Por: Lic. Édver Augusto Delgado Verano

Dividido entre niño y hombre (lo cual le hacía inocentemente ingenuo y a la vez despiadadamente experimentado), no era sin embargo ni lo uno ni lo otro, era cierto tercer término, era ante todo juventud, en él violenta, cortante, que le arrojaba a la crueldad, a la brutalidad y a la obediencia, le condenaba a la esclavitud y a la bajeza. Era bajo, porque era joven. Carnal, porque era joven. Destructor, porque era joven....
(Gombrowicz, 1982, p. 46).

“¡Juventud divino tesoro,
te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer...”
 (Ruben Darío.
Canción de otoño en primavera).

Ya hace algunos años entendimos que la juventud de este tiempo es una especie nueva y bastante diferente. Ella hace parte de una realidad en la que los adelantos tecnológicos, la ciencia y las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación, juegan un papel fundamental y -en muchos casos- más importante que el de los mismos padres, orientadores y guías.

Las y los jóvenes actuales, son diferentes a los de otras épocas, y por la multiplicidad de posibilidades y la mundialización cultural, entre ellos aparecen diferentes tipos y grupos sociales determinados por sus gustos y formas de pensar, pero todos con rasgos característicos comunes como la rebeldía, el deseo de pasarla bien, las ganas de ser mejores y sobresalir ante sus pares.

La juventud más que una condición física, psicológica o un fenómenos de orden biológico vinculado con la edad, la salud o la energía, es una realidad cultural que determina un cambio continuo de actitud, una búsqueda de caminos que desembocan en la preparación para asumir compromisos como el estudio, el trabajo y la consolidación de una familia. Como las realidades en las que desemboca cambian de acuerdo a los tiempos, la gestación, desarrollo y consolidación de la juventud en cada época es diferente, pese a seguir teniendo elementos característicos como la duda, el rechazo, la rebeldía y el miedo –que así lo oculten- experimenta siempre.

Es muy fácil ver que la juventud, o mejor los jóvenes -pese a querer ser libres y diferentes- se igualan por sus gustos, costumbres y jergas. Un buen número de ellos deseosos de vivir con libertad, se hacen tatuajes, se ponen piercing, se pintan y alisan el cabello, se visten con ropa grande o muy pequeña, y para disfrutar con frenesí no asumen compromisos, buscan solo pasarla rico y hacer de la vida una continua rumba multicolor acompañada de ruidos estridentes y letras poco entendibles.

Por sus pintas, gustos, jergas, ideas y sentimientos se les puede acusar, rechazar o condenar, pero es necesario entender que se gestaron en momentos traumáticos para la historia; nacieron en la caída del muro que separaba las distintas formas de interpretar la realidad económica y política del mundo; crecieron cuando el universo empezó a disfrutar las ventajas del computador y -un buen número de ellos- dijo sus primeras frases a través de un teléfono celular, se alimentó al lado de un moderno procesador, jugó escondidas de forma virtual, y conoció la realidad y el amor gracias a la Internet.

“Los niños, los muchachos tienen necesidad de un modelo de vida, de una guía segura y respetuosa, de una "presencia de amor". Si no la encuentran, si son descuidados, ignorados, dejados demasiado a merced de sí mismos, se dirigen a lo externo y buscan confirmaciones, seguridades, modelos fuera de casa. Las bandas de muchachos, los clanes, los grupos de barrio o de plaza cerrados a los adultos son la respuesta a esta necesidad. ¿Están fuera de casa los padres de familia? Entonces también ellos salen fuera a buscar el contacto, la compañía, el intercambio. Y así la casa se vuelve lentamente un hotel. Ya son numerosas las casas-hotel: ¡bajo el mismo techo, sin estar juntos, pero llenos de comodidad, se entiende! En estas condiciones llegan más fácilmente la molestia, el disturbio, la enfermedad. Después es fácil que se provea con otra inundación de "objetos" y no de "sujetos" terapéuticos. Especialistas famosos, observaciones radiológicas refinadísimas, análisis de laboratorio, terapias farmacológicas, vitaminas, muchas vitaminas, etc., etc.; pero no la única y verdadera terapia: la atención de amor. Una caricia, un beso son estupendos dispensadores de energía cósmica. Una debida atención, una escucha sincera, un compartir los problemas del momento, son portadores de gran equilibrio, de fermento de serenidad y de armonía que hace crecer bien (Paciotti, 1995, p. 94).

En medio de los ruidos, los colores y el afán que hacen parte de la moda, los jóvenes de hoy permanecen conectados al Ipod, al Ipad, al blackberry y se comunican por el chat, envían guiños por el messenger, se saludan por el facebook, se conocen con la ayuda de las fotos que montan en su muro y hacen grandes negocios en farmville. Ellos hablan y hablan pero no escuchan. Se dicen algo sin saber qué, y manifiestan sus emociones con la ayuda de simpáticos emoticones.

Son muchos los retos que tiene el trabajo con los jóvenes, uno de ellos y, puede ser, el más fundamental es el que tiene que ver con la familia, ya que ante los cambios sociales y tecnológicos ellos se mueven en una realidad sin hogar. Pese a que los jóvenes se apartan más tarde del núcleo familiar, esta no es un punto decisivo de referencia.

Para algunos, las orientaciones de los padres, los consejos de la abuela, las enseñanzas de los profesores y los manuales de convivencia, la constitución, las leyes y la espiritualidad, han perdido valor, al punto que actúan bajo un pragmatismo, materialista y momentáneo que en momentos les permite existir pero no ser. Es tanto su afán por entender, probar y disfrutar su realidad que ya no hacen preguntas sino que dan juicios; ya no disfrutan sino consumen, y no se alimentan sino que comen -si es que comen- porque para muchos la figura lo es todo.

El desarrollo de la personalidad, los gustos y la fundamentación de valores y los principios humanos y religiosos en los jóvenes, ya no se logran gracias a la influencia de la familia, de ahí que se dice que ellos pasan por la familia, pero la familia no por ellos, porque cuentan muy poco en sus convicciones y sus decisiones las discuten en la calle.

Es tanto lo que disfrutan los jóvenes de la vida, que sus estados anímicos son tan pasajeros como sus relaciones de amistad y noviazgo. Hoy aman y al rato odian. Se apasionan por un deporte, una tendencia, una filosofía o un artista que hasta ponen en peligro su vida para defenderlo, pero a su vez, no se apasionan por la familia, por su patria, por sus creencias, y les interesa poco su futuro. En sus planes no está el compromiso, de ahí que: si tener un hijo y una familia, era un gran deseo, hoy para ellos eso está en segundo plano y lo mejor es no amarrarse. Ser libre es lo mejor y en cuanto menos cadenas mejor se vive.

Son bastantes las enfermedades y vicios que acompañan la realidad de los jóvenes de esta aldea global. Son miles los traumas y trastornos, que por ellos han aumentado las visitas al psiquiatra y en las instituciones educativas  los psicólogos tienen bastante trabajo.

Por esta y miles de razones, digo que los jóvenes de hoy son una especie diferente, y digo especie no rechazándolos ni ofendiéndolos, sino más bien destacando que con ellos, se ha iniciado una moderna era en la que la velocidad de información y la globalidad cultural configuran un nuevo tipo de ser humano que, aturdido por el cambio, se divierte, consume y –desafortunadamente- vive muy poco, ya que gastar y cambiar, no siempre es disfrutar.

Mientras que esta juventud que es dueña y protagonista del siglo XXI ha crecido con las mejores comodidades, sus padres y abuelos se gestaron en medio del dolor de la bomba atómica, nacieron con la guerra de Corea; saltaron con la llegada del hombre a la luna; se desarrollaron en medio de una estúpida guerra fría; terminaron su adolescencia con la guerra de Vietnam; soñaron en medio de la desastrosa polarización mundial que oscureció la suerte de muchas personas; se comunicaron gracias a un aparato telefónico muy grande; aprendieron sus oraciones ante una múltiple y constante división religiosa, y pulieron su personalidad con la ayuda de la rigidez, el castigo, el sudor, la sangre y el dolor -sin olvidar- que, aprendieron las letras y reforzaron las vocales con la ayuda de la televisión a blanco y negro.

Los adultos que están al mando del mundo hoy, fueron los jóvenes rebeldes de la revolución social de 1968, pero pese a que soñaron en ese momento con el cambio, lo han perpetuado y por amor a él, no entienden a los jóvenes de hoy. Como adultos encerrados en sus caprichosas ideas, no han tenido tiempo para acondicionarse a las trascendentales modificaciones de la existencia, y algunas veces, para completar, han querido -bajo la lógica que fueron formados- educar a sus modernos, despeinados, malvestidos y tristemente, malhablados hijos y nietos.

Ya han trascurrido más de diez años del milenio y aún, no se ha entendido que éste exige estar abiertos a nuevos conocimientos y tener siempre una actitud propositiva y tolerante con los jóvenes que hoy ocupan el cincuenta por ciento de la humanidad y se encuentran participando activamente en diversas actividades comerciales, sociales, políticas, culturales, religiosas y económicas.

Hay que tener en cuenta, al analizar la juventud, que cada segundo se gesta un nuevo adelanto tecnológico y, con él, una forma de pensar, de sentir y de actuar que se consolida con mucha rapidez en las mentes jóvenes, aquellas que aceptan sin rechinar los cambios, y los apropian de tal manera a su vida que con ellos, configuran distintos grupos que comparten particulares expresiones sociales, jergas y gustos que los identifica.

Hay distintas maneras de ser joven en el marco de la intensa heterogeneidad que se observa en el plano económico, social y cultural. No existe una única juventud: en la ciudad moderna las juventudes son múltiples, variando en relación con características de clase, el lugar donde viven y la generación a que pertenecen y, además, la diversidad, el pluralismo, el estallido cultural de los últimos años se manifiestan privilegiadamente entre los jóvenes que ofrecen un panorama sumamente variado y móvil que abarca sus comportamientos, referencias identitarias, lenguajes y formas de sociabilidad. Juventud es un significante complejo que contiene en su intimidad las múltiples modalidades que llevan a procesar socialmente la condición de edad, tomando en cuenta la diferenciación social, la inserción en la familia y en otras instituciones, el género, el barrio o la microcultura grupal (Margulis, 2001, p. 42).

Los grupos, a los que pertenecen nuestros jóvenes son llamados tribus urbanas, y se reconocen como espacios propicios que moldean, clasifican y -querámoslo o no- los cosifica, es decir los ubica ante la sociedad como objetos que responden a inclinaciones, ideologías y modas impuestas y no a la libertad que personifica al ser humano.

Al mirar con profundidad a las tribus urbanas, ellas resultan ser la expresión de vida y el hábitat oportuno en el que los jóvenes se hallan y le encuentran sentido a la existencia. Ahí se sienten libres, no son criticados y mantienen relaciones de libertad, simplicidad, frescura y gozo.

Ante los escenarios sociales y los modernos espacios de protagonismo juvenil, es vital buscar -de forma respetuosa- estrategias que permitan acercar las distancias generacionales, ya que esta realidad hace que los núcleos fundamentales como: la familia, la escuela, la política y la religión, dejen de serlo.

Hoy más que nunca, ante los cambios y el afán de la sociedad, es pertinente asumir compromisos serios que permitan encontrarnos, desde las individualidades, inmersos en la nueva geopolítica para desde ahí, entender el fenómeno de tribus; el desinterés por los valores humanos; el consumo masivo de alucinógenos; el irrespeto a la vida, y la pérdida de los núcleos fundamentales como la familia.

Los adultos como las instituciones, son los principales agentes transformadores, pero deben cambiar sus paradigmas para que éstos no atropellen a la juventud que ha sido, es y seguirá siendo la semilla y protagonista de la historia y el futuro. Hay que cambiar y buscar -en consenso- acuerdos que permitan compartir el mundo posmoderno que, más allá de ser un discurso académico o un lugar de creación motivante de lo revolucionario, es la realidad en la que se conjugan diversas realidades y formas de pensar, sentir, consumir y actuar.

En este siglo XXI, empujado por el vértigo producido por la inmediatez, la velocidad del cambio tecnológico, el sueño fantástico que ofrece la televisión y la internet, y el entender absoluto que intenta dar la ciencia, es pertinente que la generación mayor: padres, madres, autoridades, profesores, políticos, comerciantes y líderes espirituales -por el bien de los jóvenes y del mundo- piensen y repiensen sobre lo pensado para lograr con sabiduría, acuerdos efectivos que resalten el conocimiento, respeten la vida, privilegien la diferencia y no rompan con la estética y la espiritualidad que son realidades propias del ser humano.

¿Qué les queda a los jóvenes?

¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de paciencia y asco?
¿Solo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
también les queda no decir amén
no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía
ser jóvenes sin prisa y con memoria
situarse en una historia que es la suya
no convertirse en viejos prematuros.

¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de rutina y ruina?
¿cocaina? ¿cerveza? ¿barras bravas?
les queda respirar / abrir los ojos
descubrir las raíces del horror
inventar paz así sea a ponchazos
entenderse con la naturaleza
y con la lluvia y los relámpagos
y con el sentimiento y con la muerte
esa loca de atar y desatar.

¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de consumo y humo?
¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?
también les queda discutir con dios
tanto si existe como si no existe
tender manos que ayudan / abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno /
sobre todo les queda hacer futuro
a pesar de los ruines del pasado
y los sabios granujas del presente.
Mario Benedetti

Referencias:

Gombrowicz, Witold. (1982). La seducción. Barcelona: Seix Barral.
Margulis, Mario. (2001). Juventud: una aproximación conceptual. En: Donas Burak, Solum. Compilador. (2001). Adolescencia y juventud en América Latina. Costa Rica: Editorial Tecnológica de Costa Rica.
Paciotti, Iris. (1995). El amor como terapia, crecimiento de la conciencia. Bogotá: Ed. San Pablo.

29 de julio de 2014

LA ADOLESCENCIA “ÉPOCA BARROCA”

Por: Lic. Édver Augusto Delgado Verano.

Al llegar la adolescencia, muere la infancia; al llegar la juventud, muere la adolescencia; al llegar la edad madura, muere la juventud; al llegar la vejez, muere la edad madura; y al llegar la muerte, muere toda edad. No puedes desear que llegue una edad sin desear que muera otra (Pegueroles, 1972, p. 73-74).

Lo que la oruga interpreta como fin del mundo es lo que su dueño denomina mariposa (Bach,1988, p. 130).

“El adolescente de hoy es terco, caprichoso, nadie lo entiende, es desordenado, loco y no piensa en el futuro”, son frases que no sólo se escuchan en estos tiempos posmodernos, sino que a lo largo de la historia han repetido las abuelas y los padres de familia, porque la condición “rebelde sin causa” es tan natural en todas las personas -para el obligado cambio - como lo es la condición de larva para llegar a mariposa.

Así como la historia occidental vivió -después del medio evo- la época barroca que no era muy bien definida por su condición trasformadora, podemos decir que el niño -mientras cambia de una condición a otra en la adolescencia- vive una época romántica o barroca[1], ya que en ella no presenta una forma definida: sus características de personalidad están en transformación y tienden a no estar muy claras; su pensamiento se torna crítico y bastante analítico; sus emociones son variables, su estado anímico cambiable y sus gustos bastante conflictivos.

Por adolescencia se entiende el obligado periodo de cambio y transformación de niño a adulto. Recordemos que la palabra adolescente viene del vocablo latino “adolescens, también adulescens que quiere decir “hombre joven”; del participio activo de “adoleceré” que traduce “crecer”, llegar a la maduración, y se deriva también de “adolescentia” que traduce “juventud” (Coromines, 2008), por lo tanto, es un lapso de tiempo especial en el desarrollo humano que permite la transformación y por su complejidad e importancia, requiere del cuidado y orientación de padres y profesores, ya que ellos son los principales formadores, acompañantes y guías.

La palabra procede del latín adolescere que significa crecer o desarrollarse y no de adolescere que significa padecer, sin embargo, dado los cambios sociales de los últimos años, en la sociedad occidental se ha asociado esta etapa de la vida más con lo segundo, esto tiene que ver con el hecho de que al aumentarse el periodo de transición hacia la vida adulta -se inicia la adolescencia en épocas más tempranas y se termina en periodos más tardíos- los adolescentes se han vuelto objeto de todo tipo de estereotipos y en una cosa que consume, todo ello según los parámetros de la sociedad capitalista (Restrepo, 2009, p. 32).

Después de unos cortos años de infancia, juego, sobreprotección y descubrimiento del mundo, el niño se ve -inevitablemente- obligado, no sólo a tener cambios trascendentales sino a experimentar una época de autodescubrimiento que es, fundamentalmente, un periodo de crecimiento físico y emocional que se inicia con la llegada de la pubertad y se extiende: desde los 11 o 12 años a los 18 años en la mujer, y desde los 13 o 14 a los 20 años aproximadamente, en el hombre.

El adolescente vive una etapa necesaria de desequilibrio e inestabilidad extrema o semipatológica, que algunos expertos han llamado: “síndrome normal de la adolescencia”. Esta etapa que es inaceptable para los adultos, es bastante necesaria para el niño y la niña, porque les ayuda a establecer su identidad gracias a la confrontación de sus gustos, caprichos, dudas, creencias y afirmaciones con las del mundo.

Tras el huracán de la pubertad, el organismo tiende a recomponer la armonía de sus formas y entra en la espléndida estación de la adolescencia. En su significado más amplio,  esta comprende el periodo que abarca complexivamente casi todo el segundo decenio; en particular, empero, se reserva el nombre de adolescencia a el trienio que sigue inmediatamente a la pubertad y en el cual los fenómenos de maduración psíquica predominan sobre la transformación corporal. La adolescencia es en una palabra, casi el coronamiento y el premio del penoso trabajo de la pubertad, época en la que el organismo se hallaba completamente ocupado en realizar el esquema de desarrollo inscrito en la profundidad del substrato biológico (Canova, 2004, p. 81).

Por los trascendentales cambios en el desarrollo, el adolescente se torna confundido; se opone con valentía a las instituciones y a lo propuesto por el mundo adulto; pide tolerancia, siendo intolerante, y como es sensible a la crítica, se siente perseguido, rechazado e incomprendido. Si no se le trata con benevolencia sus decisiones pueden confundirlo aun más porque es inmediatista y poco reflexivo al momento de actuar en situación de crisis.

Estas manifestaciones se reflejan de manera diferente en los varones y en las mujeres. En el varón, se manifiestan el deseo de ser hábil y ocupar el puesto de capitán en los juegos, su deseo de ser y de ir más allá de su grupo social. Su prestigio más adelante se expresa en su destreza física, su agresividad y su intrepidez (…). En las mujeres, el cambio del ideal de la personalidad es mucho más radical. En ella, las cualidades tranquilas, apacibles, no agresivas, están asociadas con la afabilidad, la complacencia, el buen humor y la figura atractiva (Torres, 2001).

Los cambios bruscos que el niño experimenta en la adolescencia se reflejan en su cansancio, mal humor, incertidumbre, miedo y alejamiento de las leyes que, en algunos casos, le hace dudar de todo y entrar fácilmente a experimentar estados de depresión, porque «de los permanentes conflictos con los adultos, del descontento consigo mismo y con el mundo, de su aislamiento y de la insistencia en su propio yo, nace de una manera más definida la reflexión y la conciencia del yo» (Torres, 2001) que, con el tiempo, le definen su personalidad. No olvidemos que después del caos llega la calma y ésta define la nueva esencia.

Como en la adolescencia se está en crecimiento, el niño experimenta amorfos sentimientos, contrarias convicciones, difusas creencias y extravagantes gustos, porque vive el “ver para creer”, la investigación continúa y la época infantil de las preguntas que había perdido en la segunda infancia (de los 6 a los 10 años). Cambios y contradicciones que lo confunden y -algunas veces- alocadas ideas que le hacen creer que siempre tiene la razón y cuenta con la capacidad de cuestionar duramente la sociedad, la cultura, la religión y los principios éticos.

La adolescencia resulta así un momento crucial para resimbolizar huellas y marcas singulares, un tiempo decisivo para reinscribir ese legado simbólico en “otra escena”: la de un anudamiento temporal, un despertar. Es por ello que, tradicionalmente, se ha enfatizado el carácter de duelo de este “doble nacimiento”; reposicionamiento del sujeto frente a: las figuras parentales idealizadas de la infancia, vacilación y extrañeza frente a la metamorfosis de la imagen corporal propiciada por la pubertad, la caída de las identificaciones colocadas en los “objetos idealizados” de la infancia (Barrantes, 2001, p. 268).

Pero, gracias a la multiplicidad de cambios, el niño se torna más reflexivo y desarrolla el pensamiento formal que le permite distinguir entre lo real y lo fantástico; lo justo y lo injusto; lo imposible y lo posible.

A medida que pasa el tiempo, el adolescente es más profundo y está en la capacidad de analizar y sintetizar sus ideas, porque, «a través de cualquiera de sus elecciones, incluso aparentemente triviales, va, en definitiva, eligiendo el tipo de hombre y el tipo de mujer que pretende ser» (Canova, 2004, p. 90), y por ello -con facilidad- cuestiona los principios establecidos, se contradice, contradice a sus padres y pone en duda muchas verdades que recibió en su primera y segunda infancia.

Durante esta época de crisis el adolescente se torna terco como el adulto e iluso como el niño, y su afán por hacer valer su forma de pensar y por sentirse grande e importante, lo llevan a entrar en conflicto con los adultos y a experimentar una rebeldía que, en muchas ocasiones, ni siquiera él puede comprender, porque está -como la larva- experimentando una etapa de transformación que le forma su personalidad, sus gustos, sus creencias y lo llevan a la madurez, en la que volará con la claridad de sus alas y vivirá bien con la lucidez de sus ideas, esperanzas, fines y utopías.

Por la condición amorfa y poco definida, que es típica de toda transformación, los padres y los profesores deben orientar con bastante cuidado a los adolescentes, ya que en esa época:

Se presentan fenómenos relativamente nuevos, como el uso de drogas alucinógenas, mayor número de embarazos entre las adolescentes, mayor frecuencia en contraer enfermedades venéreas en los jóvenes. Mayor tendencia al suicidio, mayor adhesión a tendencias ideológicas radicales, exigencia de una libertad total en lo sexual, menor aceptación de la autoridad paterna y de los profesores (González, 1978., p. 9).

Mientras cambian sus ideales y principios, el adolescente vivencia sentimientos apasionados que lo hacen dudar de todo, de todos y -en muchos momentos- de sí mismo. A pesar de mostrarse fuerte en sus juicios, se deja arrastrar con facilidad cuando encuentra modelos satisfactorios a sus gustos; hace nuevos amigos y consolida pequeños grupos de afinidad por su constante búsqueda de nuevas realidades, y se compromete con relaciones amorosas que le permiten despertar y afianzar sus rasgos sexuales y de comportamiento ante las demás personas, sobre todo ante las de sexo opuesto.

Conviene tener en cuenta que la realidad grupal es una característica fundamental de la adolescencia. El grupo supone para el adolescente el consuelo en la incertidumbre, en la indecisión y en la angustia. Lo busca porque garantiza su seguridad personal, le ayuda a emanciparse de los padres y a defenderse de la autoridad (Francia, 1987, p. 15).

Diferente a sus años anteriores, el adolescente siente la necesidad de razonar y, por ello, se preocupa mucho por mantener diálogos profundos en los cuales pueda exponer sus puntos de vista sobre las cosas, los sentimientos y fenómenos de la realidad. No olvidemos que -por su condición de búsqueda- está dispuesto al conocimiento que provenga de otras personas y de nuevos ambientes si estos se muestras coherentes. Por esta razón, es conveniente que los adultos orienten el desarrollo de características y actitudes positivas, e inculquen -con el testimonio coherente- una idónea forma de pensar, sentir y actuar que le garanticen gestar una personalidad idónea para la sociedad, capaz de hacer realidad los valores humanos y los principios de la fe.

Pese a que el adolescente es rebelde, desordenado, cambiante, incomprensible, crítico y analítico, si es bien orientado se preocupa por el bienestar de las demás personas; vivencia fuertes estados espirituales; busca conformar grupos de trabajo y compromiso social; realiza tareas en beneficio de los más necesitados y son estas actividades las que le permiten descubrir sus gustos, intereses y motivaciones, orientar su vida profesional, emocional y su Proyecto Personal de Vida.

Referencias:

Bach, Richard. (1988). Ilusiones. Buenos Aires: Ed. Javier Vergara.
Barrantes, Ginette. (2001). El duelo en la adolescencia. Una crítica de la versión romántica. En: Donas Burak, Solum. Compilador. (2001). Adolescencia y juventud en América Latina. Costa Rica: Editorial Tecnológica de Costa Rica.
Canova, Francisco. (2004). Psicología evolutiva del adolescente. Bogotá: Ed. San Pablo.
Coromines, Joan. (2008). Breve diccionario etimológico. Madrid: Ed. Gredos.
Francia, Alfonso. (1987). Curso para jóvenes cristianos animadores de grupos I. Documentación y servicio. Madrid: Ed. CCS.
Gonzalez I, Guillermo. Comportamiento y salud, tomo II. Ed. Bedout. Medellín. 1978., p. 9.
Pegueroles, Juan de. (1972). Pensamiento filosófico de San Agustín. Barcelona: Ed. Labor.
Restrepo S, Jaime A. (2009). Desarrollo humano y habilidades para vivir. Manizales: Universidad de Manizales.
Torres M, Gertrudys. (2001). Desarrollo del niño en edad escolar. Bogotá: Ed. Usta.


[1] Barroco: del fr. “barroque” – “extravagante”. “Barroque”, adjetivo aplicado a la perla de forma irregular.

9 de febrero de 2012

LO QUE HA DADO LA TECNOLOGÍA


Por: Edver Augusto Delgado Verano

¿Qué hacer ante los constantes cambios de la humanidad, ¿qué hacer si los múltiples inventos tecnológicos y los descubrimientos científicos acorralan por todas partes al ser humano y a cada instante le gritan al oído sus supuestos y omnipotentes poderes? 

Ante esto, lo primero que debe quedar claro es que la ciencia y la tecnología no han podido dar la última palabra, porque si fuera así, no abundarían los conflictos sociales y las constantes paradojas en la vida, no morirían muchos en soledad y todos estarían más cerca de la verdad. 

Se sabe que existen, gracias a la tecnología, grandes facilidades para el ser humano pero de igual forma ha aumentado la intolerancia, la mentira y se ha anchado la autopista de la discriminación, la xenofobia, el racismo, el rechazo y la indiferencia social. 

Por la tecnología, los seres humanos han encontrado satisfechas muchas de sus inquietudes, pero no por ello, la sociedad es más unida, más tranquila, más humana y comparte mejor sus puntos de vista. 

Con la tecnología se ha aumentado el consumo, pero no el tener, porque hoy se consume más, se disfruta menos y se paga más, pero se hace menos y, con todo eso, la sociedad tiene precio pero no valor, disfruta de posesiones pero ha reducido el sentido de la vida y los valores humanos. 

La tecnología ha permitido descubrir el mundo, pero no encontrarlo; porque por un lado están las posibilidades y por el otro el sin sentido y la falta de conciencia sobre lo que ofrece él a cada instante, para bien del mismo hombre. 

Hoy, con la constante transformación del mundo, se vive en espacios más grandes pero con mayor soledad, se conoce más pero se entiende menos y sobre todo, se cuenta con más facilidades pero con mucho menos tiempo. Se ha agrandado el espacio pero reducido el tiempo. 

La velocidad acompaña a la tecnología y en la velocidad se desintegra la esencia del ser humano y con él, sus sueños, sus metas, sus ideales y todas esas utopías que -en la historia- lo han mantenido vivo, sonriente y dispuesto. Lo que es hoy, mañana no lo es, lo que se tiene al instante no se tiene ya que el cambio construye superficiales gustos y necesidades. 

El hombre gracias a la tecnología, ha caminado mucho, pero amado muy poco, porque por ella, ha aumentado su indiferencia, su odio y cada día él, se ama menos. Han sido tan grandes los pasos dados con la ayuda de la tecnología que se ha llegado a la luna y tan cortos -esos pasos- que no se ha llegado a la esencia misma del ser, que es donde está la verdad que permite lo suficiente para vivir con sentido.


4 de febrero de 2012

... para Reflexionar.

¿Qué es importante y qué es fundamental?

... para Pensar.


"Conócete a ti mismo, conocerás a los demás y descubrirás a Dios"

16 de octubre de 2011

El mar del conocimiento

EL MAR DEL CONOCIMIENTO
THE SEA OF KNOWLEDGE
Por: Gloria Amparo Gómez Esguerra.
Vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados,

sin tratar de abrirlos jamás. René Descartes

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Y allí estaba yo, sola en la inmensidad del océano, en una pequeña embarcación. Sin embargo no sentía temor, tan sólo tenía en mi mente una frase que mi madre siempre nos repetía desde pequeños… ”¿de que vale ser un mar de conocimientos si no se tiene un centímetro de profundidad?” y mientras escuchaba una y otra vez la voz de mi madre, repitiendo siempre el mismo cuestionamiento, noté con asombro, como de esas aguas aparentemente turbias, empezaban a emerger una especie de escotillas, como las de un submarino, como las que siempre he imaginado del Nautilius.
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Me quedé muy quieta, bueno lo quieta que se puede uno quedar mientras la balsa va a la deriva, y poco a poco quedé completamente rodeada por estos extraños aparatos, que ya en la superficie parecían gigantes tubos transparentes, y noté con gran asombro, que había una palabra en cada uno de ellos, así aquel “tubo” tenía escrito sicología, otro, etica, el de más allá ontología, otro metafísica, antropología, sociología, siquiatría, política, teología, astrología y muchas más palabras que no alcanzo a recordar.
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De pronto, con gran ímpetu emergió uno que llamó poderosamente mi atención, era epistemología, si claro, pensé para mí, bueno tampoco había nadie más a quien decirle, esa palabra la he escuchado durante todo el semestre en la universidad, significa el estudio del conocimiento científico. A lo lejos en el horizonte vi a la hermenéutica, como si se riera de mis precarios conocimientos sobre tanto y tanto textos que he leido durante mi ya larga existencia, pues como bien saben, ella se encarga de analizar descifrar e interpretar un mensaje o un texto.
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Sin pensarlo mucho y viendo que cabía por la apertura de aquel extraño tunel, me deslicé por la epistemología, hacia el fondo del mar. A medida que descendía noté que no necesitaba oxigeno para respirar, que no tenía frio ni calor, que no importaba que mis gafas no las tuviera puestas, allí en ese mundo los sentidos parecían no tener ninguna relevancia, y noté como todo estaba compuesto por ideas de diversa índole.
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También observé que si bien en la superficie cada uno poseía una entrada, en el fondo, todos estaban interrelacionados, conectados como un gran sistema, además creo que los límites eran más bien de mi percepción que de la realidad del lugar, porque siendo completamente transparentes, no se podía establecer donde iniciaba uno ni donde iba a terminar.
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Lamenté muchísimo no recordar los nombres de tantos y tan afamados filósofos, nunca pensé que fuera a extrañar lo que aprendí en la escuela, pero allí estaban: vivos, renovados, actuales.
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En aquel lugar estaban las ideas que representaban el conocimiento de la realidad, bueno, las identifiqué porque en estos días estuvimos analizando algunas de ellas: Estaban los dogmáticos, con sus verdades ya establecidas, sus oponentes, los escépticos que se niegan a dar juicios, los relativistas y subjetivistas que opinan que todo depende de quien observa, los pragmáticos que suponen que el conocimiento se da por la experiencia y la práctica, y por último, los seguidores del criticismo según los cuales el hombre si puede llegar a conocer la verdad, pero que es necesario que esté dispuesto a asumir una actitud crítica ante el conocimiento. Este grupo llamó mucho mi atención y me sentí identificada con esta idea, porque para llegar al conocimiento debemos tener en cuenta la forma como conocemos y como se nos presentan los objetos para ser conocidos.
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Así, aparecieron las ideas origen del conocimiento; el racionalismo que propone que el conocimiento tiene su origen en la razón, a partir de la capacidad de pensar, y por tanto, la razón es la única que nos puede proporcionar un criterio de verdad de nuestro conocimiento. También vi al empirismo, para quien el conocimiento del hombre es fruto de la experiencia y, en medio de ellos estaba el intelectualismo, no por causalidad en medio, sino, porque en su concepto, ambas (la razón y la experiencia) son necesarias para la generación del conocimiento.
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Las ideas están representadas en Pitágoras, Sócrates, Platon, Aristóteles, San Agustín, Tomas de Aquino, Maquiavelo, Descartes, Kant, Marx, Nietzsche, Freud y otros tantos. Vaya… siempre me dijeron que ya habían muerto, pero no, aquí están en toda su esencia!, son muchos más, solo que ahora no tienen figura humana, son ideas que fluyen sin cesar, que van y vienen, a la espera de alguien del mundo exterior que quiera venir a experimentar esa inefable alegría de compartir conocimientos…, pero son tan pocos, se queja San Agustín, ya su mundo no quiere analizar, se pierden entre la tecnología y las cadenas de la edad atómica y olvidaron su esencia, sus principios.
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Yo, sigo siendo optimista y les digo que no es así, yo estudio en la Universitaria Agustiniana y en ella, se han propuesto fomentar el desarrollo científico y tecnológico a través de la investigación, con el aprovechamiento de las capacidades y habilidades científicas de toda la comunidad educativa. Bueno, como decía, insistí en mostrarles que si hay muchas personas que están interesadas en aprender, en reaprender y entender la realidad que nos circunda, sin embargo es tan vasto el universo, que tan solo logramos conocer una pequeña parte de él. Justo en ese momento veo a alquien que pasa raudo cerca de mí y no me reconoce, se trata de Édver, si el mismo Édver Delgado que tu y yo conocemos, nuestro profesor de investigación quien sembró en nosotros una semilla sobre la importancia del conocimiento, la cual empieza a germinar en muchos. Entonces les digo: es un buen ejemplo, es un grano de arena, pero por algo se empieza.
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De pronto, sentí que me faltaba el aire, que ya no podía respirar y una idea que pasaba rauda a mi lado me dijo: se acabó tu tiempo, pero cómo, solicité, apenas estoy comenzando a comprender… Si, se acabó tu tiempo – insistió la idea – debes volver al mundo exterior.
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Yo no estaba dispuesta a dejarme vencer por aquella idea, yo quería conocer más porque el conocimiento nos hace mejores y yo deseo ser cada día mejor. Como si leyera mi pensamiento me dijo, no te preocupes, puedes volver, pero para ello, debes regresar a tu mundo, leer, estudiar, analizar la información y cuando ya tus conocimientos sean mayores, podrás regresar, no antes. En tu lenguaje, para que me entiendas, el conocimiento que adquieras en tu mundo será el tanque de oxígeno que te permitirá regresar para experimentar ese conocimiento que has adquirido, así que vé y prepárate. Nosotros no iremos a ningún lado, aquí estaremos esperándote cuando estés preparado, como dicen en su mundo: “cuando el estudiante está preparando, aparecerá el maestro”.
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De repente, sentí el cambio de la presión de la profundidad, por la velocidad con que me expulsaba aquel túnel hacia la superficie marítima, y en ese momento, escuché la alarma que me indicaba que era hora de levantarme!.

30 de julio de 2014

LA JUVENTUD… ¡UNA ESPECIE DIFERENTE!


Por: Lic. Édver Augusto Delgado Verano

Dividido entre niño y hombre (lo cual le hacía inocentemente ingenuo y a la vez despiadadamente experimentado), no era sin embargo ni lo uno ni lo otro, era cierto tercer término, era ante todo juventud, en él violenta, cortante, que le arrojaba a la crueldad, a la brutalidad y a la obediencia, le condenaba a la esclavitud y a la bajeza. Era bajo, porque era joven. Carnal, porque era joven. Destructor, porque era joven....
(Gombrowicz, 1982, p. 46).

“¡Juventud divino tesoro,
te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro,
y a veces lloro sin querer...”
 (Ruben Darío.
Canción de otoño en primavera).

Ya hace algunos años entendimos que la juventud de este tiempo es una especie nueva y bastante diferente. Ella hace parte de una realidad en la que los adelantos tecnológicos, la ciencia y las Nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación, juegan un papel fundamental y -en muchos casos- más importante que el de los mismos padres, orientadores y guías.

Las y los jóvenes actuales, son diferentes a los de otras épocas, y por la multiplicidad de posibilidades y la mundialización cultural, entre ellos aparecen diferentes tipos y grupos sociales determinados por sus gustos y formas de pensar, pero todos con rasgos característicos comunes como la rebeldía, el deseo de pasarla bien, las ganas de ser mejores y sobresalir ante sus pares.

La juventud más que una condición física, psicológica o un fenómenos de orden biológico vinculado con la edad, la salud o la energía, es una realidad cultural que determina un cambio continuo de actitud, una búsqueda de caminos que desembocan en la preparación para asumir compromisos como el estudio, el trabajo y la consolidación de una familia. Como las realidades en las que desemboca cambian de acuerdo a los tiempos, la gestación, desarrollo y consolidación de la juventud en cada época es diferente, pese a seguir teniendo elementos característicos como la duda, el rechazo, la rebeldía y el miedo –que así lo oculten- experimenta siempre.

Es muy fácil ver que la juventud, o mejor los jóvenes -pese a querer ser libres y diferentes- se igualan por sus gustos, costumbres y jergas. Un buen número de ellos deseosos de vivir con libertad, se hacen tatuajes, se ponen piercing, se pintan y alisan el cabello, se visten con ropa grande o muy pequeña, y para disfrutar con frenesí no asumen compromisos, buscan solo pasarla rico y hacer de la vida una continua rumba multicolor acompañada de ruidos estridentes y letras poco entendibles.

Por sus pintas, gustos, jergas, ideas y sentimientos se les puede acusar, rechazar o condenar, pero es necesario entender que se gestaron en momentos traumáticos para la historia; nacieron en la caída del muro que separaba las distintas formas de interpretar la realidad económica y política del mundo; crecieron cuando el universo empezó a disfrutar las ventajas del computador y -un buen número de ellos- dijo sus primeras frases a través de un teléfono celular, se alimentó al lado de un moderno procesador, jugó escondidas de forma virtual, y conoció la realidad y el amor gracias a la Internet.

“Los niños, los muchachos tienen necesidad de un modelo de vida, de una guía segura y respetuosa, de una "presencia de amor". Si no la encuentran, si son descuidados, ignorados, dejados demasiado a merced de sí mismos, se dirigen a lo externo y buscan confirmaciones, seguridades, modelos fuera de casa. Las bandas de muchachos, los clanes, los grupos de barrio o de plaza cerrados a los adultos son la respuesta a esta necesidad. ¿Están fuera de casa los padres de familia? Entonces también ellos salen fuera a buscar el contacto, la compañía, el intercambio. Y así la casa se vuelve lentamente un hotel. Ya son numerosas las casas-hotel: ¡bajo el mismo techo, sin estar juntos, pero llenos de comodidad, se entiende! En estas condiciones llegan más fácilmente la molestia, el disturbio, la enfermedad. Después es fácil que se provea con otra inundación de "objetos" y no de "sujetos" terapéuticos. Especialistas famosos, observaciones radiológicas refinadísimas, análisis de laboratorio, terapias farmacológicas, vitaminas, muchas vitaminas, etc., etc.; pero no la única y verdadera terapia: la atención de amor. Una caricia, un beso son estupendos dispensadores de energía cósmica. Una debida atención, una escucha sincera, un compartir los problemas del momento, son portadores de gran equilibrio, de fermento de serenidad y de armonía que hace crecer bien (Paciotti, 1995, p. 94).

En medio de los ruidos, los colores y el afán que hacen parte de la moda, los jóvenes de hoy permanecen conectados al Ipod, al Ipad, al blackberry y se comunican por el chat, envían guiños por el messenger, se saludan por el facebook, se conocen con la ayuda de las fotos que montan en su muro y hacen grandes negocios en farmville. Ellos hablan y hablan pero no escuchan. Se dicen algo sin saber qué, y manifiestan sus emociones con la ayuda de simpáticos emoticones.

Son muchos los retos que tiene el trabajo con los jóvenes, uno de ellos y, puede ser, el más fundamental es el que tiene que ver con la familia, ya que ante los cambios sociales y tecnológicos ellos se mueven en una realidad sin hogar. Pese a que los jóvenes se apartan más tarde del núcleo familiar, esta no es un punto decisivo de referencia.

Para algunos, las orientaciones de los padres, los consejos de la abuela, las enseñanzas de los profesores y los manuales de convivencia, la constitución, las leyes y la espiritualidad, han perdido valor, al punto que actúan bajo un pragmatismo, materialista y momentáneo que en momentos les permite existir pero no ser. Es tanto su afán por entender, probar y disfrutar su realidad que ya no hacen preguntas sino que dan juicios; ya no disfrutan sino consumen, y no se alimentan sino que comen -si es que comen- porque para muchos la figura lo es todo.

El desarrollo de la personalidad, los gustos y la fundamentación de valores y los principios humanos y religiosos en los jóvenes, ya no se logran gracias a la influencia de la familia, de ahí que se dice que ellos pasan por la familia, pero la familia no por ellos, porque cuentan muy poco en sus convicciones y sus decisiones las discuten en la calle.

Es tanto lo que disfrutan los jóvenes de la vida, que sus estados anímicos son tan pasajeros como sus relaciones de amistad y noviazgo. Hoy aman y al rato odian. Se apasionan por un deporte, una tendencia, una filosofía o un artista que hasta ponen en peligro su vida para defenderlo, pero a su vez, no se apasionan por la familia, por su patria, por sus creencias, y les interesa poco su futuro. En sus planes no está el compromiso, de ahí que: si tener un hijo y una familia, era un gran deseo, hoy para ellos eso está en segundo plano y lo mejor es no amarrarse. Ser libre es lo mejor y en cuanto menos cadenas mejor se vive.

Son bastantes las enfermedades y vicios que acompañan la realidad de los jóvenes de esta aldea global. Son miles los traumas y trastornos, que por ellos han aumentado las visitas al psiquiatra y en las instituciones educativas  los psicólogos tienen bastante trabajo.

Por esta y miles de razones, digo que los jóvenes de hoy son una especie diferente, y digo especie no rechazándolos ni ofendiéndolos, sino más bien destacando que con ellos, se ha iniciado una moderna era en la que la velocidad de información y la globalidad cultural configuran un nuevo tipo de ser humano que, aturdido por el cambio, se divierte, consume y –desafortunadamente- vive muy poco, ya que gastar y cambiar, no siempre es disfrutar.

Mientras que esta juventud que es dueña y protagonista del siglo XXI ha crecido con las mejores comodidades, sus padres y abuelos se gestaron en medio del dolor de la bomba atómica, nacieron con la guerra de Corea; saltaron con la llegada del hombre a la luna; se desarrollaron en medio de una estúpida guerra fría; terminaron su adolescencia con la guerra de Vietnam; soñaron en medio de la desastrosa polarización mundial que oscureció la suerte de muchas personas; se comunicaron gracias a un aparato telefónico muy grande; aprendieron sus oraciones ante una múltiple y constante división religiosa, y pulieron su personalidad con la ayuda de la rigidez, el castigo, el sudor, la sangre y el dolor -sin olvidar- que, aprendieron las letras y reforzaron las vocales con la ayuda de la televisión a blanco y negro.

Los adultos que están al mando del mundo hoy, fueron los jóvenes rebeldes de la revolución social de 1968, pero pese a que soñaron en ese momento con el cambio, lo han perpetuado y por amor a él, no entienden a los jóvenes de hoy. Como adultos encerrados en sus caprichosas ideas, no han tenido tiempo para acondicionarse a las trascendentales modificaciones de la existencia, y algunas veces, para completar, han querido -bajo la lógica que fueron formados- educar a sus modernos, despeinados, malvestidos y tristemente, malhablados hijos y nietos.

Ya han trascurrido más de diez años del milenio y aún, no se ha entendido que éste exige estar abiertos a nuevos conocimientos y tener siempre una actitud propositiva y tolerante con los jóvenes que hoy ocupan el cincuenta por ciento de la humanidad y se encuentran participando activamente en diversas actividades comerciales, sociales, políticas, culturales, religiosas y económicas.

Hay que tener en cuenta, al analizar la juventud, que cada segundo se gesta un nuevo adelanto tecnológico y, con él, una forma de pensar, de sentir y de actuar que se consolida con mucha rapidez en las mentes jóvenes, aquellas que aceptan sin rechinar los cambios, y los apropian de tal manera a su vida que con ellos, configuran distintos grupos que comparten particulares expresiones sociales, jergas y gustos que los identifica.

Hay distintas maneras de ser joven en el marco de la intensa heterogeneidad que se observa en el plano económico, social y cultural. No existe una única juventud: en la ciudad moderna las juventudes son múltiples, variando en relación con características de clase, el lugar donde viven y la generación a que pertenecen y, además, la diversidad, el pluralismo, el estallido cultural de los últimos años se manifiestan privilegiadamente entre los jóvenes que ofrecen un panorama sumamente variado y móvil que abarca sus comportamientos, referencias identitarias, lenguajes y formas de sociabilidad. Juventud es un significante complejo que contiene en su intimidad las múltiples modalidades que llevan a procesar socialmente la condición de edad, tomando en cuenta la diferenciación social, la inserción en la familia y en otras instituciones, el género, el barrio o la microcultura grupal (Margulis, 2001, p. 42).

Los grupos, a los que pertenecen nuestros jóvenes son llamados tribus urbanas, y se reconocen como espacios propicios que moldean, clasifican y -querámoslo o no- los cosifica, es decir los ubica ante la sociedad como objetos que responden a inclinaciones, ideologías y modas impuestas y no a la libertad que personifica al ser humano.

Al mirar con profundidad a las tribus urbanas, ellas resultan ser la expresión de vida y el hábitat oportuno en el que los jóvenes se hallan y le encuentran sentido a la existencia. Ahí se sienten libres, no son criticados y mantienen relaciones de libertad, simplicidad, frescura y gozo.

Ante los escenarios sociales y los modernos espacios de protagonismo juvenil, es vital buscar -de forma respetuosa- estrategias que permitan acercar las distancias generacionales, ya que esta realidad hace que los núcleos fundamentales como: la familia, la escuela, la política y la religión, dejen de serlo.

Hoy más que nunca, ante los cambios y el afán de la sociedad, es pertinente asumir compromisos serios que permitan encontrarnos, desde las individualidades, inmersos en la nueva geopolítica para desde ahí, entender el fenómeno de tribus; el desinterés por los valores humanos; el consumo masivo de alucinógenos; el irrespeto a la vida, y la pérdida de los núcleos fundamentales como la familia.

Los adultos como las instituciones, son los principales agentes transformadores, pero deben cambiar sus paradigmas para que éstos no atropellen a la juventud que ha sido, es y seguirá siendo la semilla y protagonista de la historia y el futuro. Hay que cambiar y buscar -en consenso- acuerdos que permitan compartir el mundo posmoderno que, más allá de ser un discurso académico o un lugar de creación motivante de lo revolucionario, es la realidad en la que se conjugan diversas realidades y formas de pensar, sentir, consumir y actuar.

En este siglo XXI, empujado por el vértigo producido por la inmediatez, la velocidad del cambio tecnológico, el sueño fantástico que ofrece la televisión y la internet, y el entender absoluto que intenta dar la ciencia, es pertinente que la generación mayor: padres, madres, autoridades, profesores, políticos, comerciantes y líderes espirituales -por el bien de los jóvenes y del mundo- piensen y repiensen sobre lo pensado para lograr con sabiduría, acuerdos efectivos que resalten el conocimiento, respeten la vida, privilegien la diferencia y no rompan con la estética y la espiritualidad que son realidades propias del ser humano.

¿Qué les queda a los jóvenes?

¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de paciencia y asco?
¿Solo grafitti? ¿rock? ¿escepticismo?
también les queda no decir amén
no dejar que les maten el amor
recuperar el habla y la utopía
ser jóvenes sin prisa y con memoria
situarse en una historia que es la suya
no convertirse en viejos prematuros.

¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de rutina y ruina?
¿cocaina? ¿cerveza? ¿barras bravas?
les queda respirar / abrir los ojos
descubrir las raíces del horror
inventar paz así sea a ponchazos
entenderse con la naturaleza
y con la lluvia y los relámpagos
y con el sentimiento y con la muerte
esa loca de atar y desatar.

¿Qué les queda por probar a los jóvenes
en este mundo de consumo y humo?
¿vértigo? ¿asaltos? ¿discotecas?
también les queda discutir con dios
tanto si existe como si no existe
tender manos que ayudan / abrir puertas
entre el corazón propio y el ajeno /
sobre todo les queda hacer futuro
a pesar de los ruines del pasado
y los sabios granujas del presente.
Mario Benedetti

Referencias:

Gombrowicz, Witold. (1982). La seducción. Barcelona: Seix Barral.
Margulis, Mario. (2001). Juventud: una aproximación conceptual. En: Donas Burak, Solum. Compilador. (2001). Adolescencia y juventud en América Latina. Costa Rica: Editorial Tecnológica de Costa Rica.
Paciotti, Iris. (1995). El amor como terapia, crecimiento de la conciencia. Bogotá: Ed. San Pablo.

29 de julio de 2014

LA ADOLESCENCIA “ÉPOCA BARROCA”

Por: Lic. Édver Augusto Delgado Verano.

Al llegar la adolescencia, muere la infancia; al llegar la juventud, muere la adolescencia; al llegar la edad madura, muere la juventud; al llegar la vejez, muere la edad madura; y al llegar la muerte, muere toda edad. No puedes desear que llegue una edad sin desear que muera otra (Pegueroles, 1972, p. 73-74).

Lo que la oruga interpreta como fin del mundo es lo que su dueño denomina mariposa (Bach,1988, p. 130).

“El adolescente de hoy es terco, caprichoso, nadie lo entiende, es desordenado, loco y no piensa en el futuro”, son frases que no sólo se escuchan en estos tiempos posmodernos, sino que a lo largo de la historia han repetido las abuelas y los padres de familia, porque la condición “rebelde sin causa” es tan natural en todas las personas -para el obligado cambio - como lo es la condición de larva para llegar a mariposa.

Así como la historia occidental vivió -después del medio evo- la época barroca que no era muy bien definida por su condición trasformadora, podemos decir que el niño -mientras cambia de una condición a otra en la adolescencia- vive una época romántica o barroca[1], ya que en ella no presenta una forma definida: sus características de personalidad están en transformación y tienden a no estar muy claras; su pensamiento se torna crítico y bastante analítico; sus emociones son variables, su estado anímico cambiable y sus gustos bastante conflictivos.

Por adolescencia se entiende el obligado periodo de cambio y transformación de niño a adulto. Recordemos que la palabra adolescente viene del vocablo latino “adolescens, también adulescens que quiere decir “hombre joven”; del participio activo de “adoleceré” que traduce “crecer”, llegar a la maduración, y se deriva también de “adolescentia” que traduce “juventud” (Coromines, 2008), por lo tanto, es un lapso de tiempo especial en el desarrollo humano que permite la transformación y por su complejidad e importancia, requiere del cuidado y orientación de padres y profesores, ya que ellos son los principales formadores, acompañantes y guías.

La palabra procede del latín adolescere que significa crecer o desarrollarse y no de adolescere que significa padecer, sin embargo, dado los cambios sociales de los últimos años, en la sociedad occidental se ha asociado esta etapa de la vida más con lo segundo, esto tiene que ver con el hecho de que al aumentarse el periodo de transición hacia la vida adulta -se inicia la adolescencia en épocas más tempranas y se termina en periodos más tardíos- los adolescentes se han vuelto objeto de todo tipo de estereotipos y en una cosa que consume, todo ello según los parámetros de la sociedad capitalista (Restrepo, 2009, p. 32).

Después de unos cortos años de infancia, juego, sobreprotección y descubrimiento del mundo, el niño se ve -inevitablemente- obligado, no sólo a tener cambios trascendentales sino a experimentar una época de autodescubrimiento que es, fundamentalmente, un periodo de crecimiento físico y emocional que se inicia con la llegada de la pubertad y se extiende: desde los 11 o 12 años a los 18 años en la mujer, y desde los 13 o 14 a los 20 años aproximadamente, en el hombre.

El adolescente vive una etapa necesaria de desequilibrio e inestabilidad extrema o semipatológica, que algunos expertos han llamado: “síndrome normal de la adolescencia”. Esta etapa que es inaceptable para los adultos, es bastante necesaria para el niño y la niña, porque les ayuda a establecer su identidad gracias a la confrontación de sus gustos, caprichos, dudas, creencias y afirmaciones con las del mundo.

Tras el huracán de la pubertad, el organismo tiende a recomponer la armonía de sus formas y entra en la espléndida estación de la adolescencia. En su significado más amplio,  esta comprende el periodo que abarca complexivamente casi todo el segundo decenio; en particular, empero, se reserva el nombre de adolescencia a el trienio que sigue inmediatamente a la pubertad y en el cual los fenómenos de maduración psíquica predominan sobre la transformación corporal. La adolescencia es en una palabra, casi el coronamiento y el premio del penoso trabajo de la pubertad, época en la que el organismo se hallaba completamente ocupado en realizar el esquema de desarrollo inscrito en la profundidad del substrato biológico (Canova, 2004, p. 81).

Por los trascendentales cambios en el desarrollo, el adolescente se torna confundido; se opone con valentía a las instituciones y a lo propuesto por el mundo adulto; pide tolerancia, siendo intolerante, y como es sensible a la crítica, se siente perseguido, rechazado e incomprendido. Si no se le trata con benevolencia sus decisiones pueden confundirlo aun más porque es inmediatista y poco reflexivo al momento de actuar en situación de crisis.

Estas manifestaciones se reflejan de manera diferente en los varones y en las mujeres. En el varón, se manifiestan el deseo de ser hábil y ocupar el puesto de capitán en los juegos, su deseo de ser y de ir más allá de su grupo social. Su prestigio más adelante se expresa en su destreza física, su agresividad y su intrepidez (…). En las mujeres, el cambio del ideal de la personalidad es mucho más radical. En ella, las cualidades tranquilas, apacibles, no agresivas, están asociadas con la afabilidad, la complacencia, el buen humor y la figura atractiva (Torres, 2001).

Los cambios bruscos que el niño experimenta en la adolescencia se reflejan en su cansancio, mal humor, incertidumbre, miedo y alejamiento de las leyes que, en algunos casos, le hace dudar de todo y entrar fácilmente a experimentar estados de depresión, porque «de los permanentes conflictos con los adultos, del descontento consigo mismo y con el mundo, de su aislamiento y de la insistencia en su propio yo, nace de una manera más definida la reflexión y la conciencia del yo» (Torres, 2001) que, con el tiempo, le definen su personalidad. No olvidemos que después del caos llega la calma y ésta define la nueva esencia.

Como en la adolescencia se está en crecimiento, el niño experimenta amorfos sentimientos, contrarias convicciones, difusas creencias y extravagantes gustos, porque vive el “ver para creer”, la investigación continúa y la época infantil de las preguntas que había perdido en la segunda infancia (de los 6 a los 10 años). Cambios y contradicciones que lo confunden y -algunas veces- alocadas ideas que le hacen creer que siempre tiene la razón y cuenta con la capacidad de cuestionar duramente la sociedad, la cultura, la religión y los principios éticos.

La adolescencia resulta así un momento crucial para resimbolizar huellas y marcas singulares, un tiempo decisivo para reinscribir ese legado simbólico en “otra escena”: la de un anudamiento temporal, un despertar. Es por ello que, tradicionalmente, se ha enfatizado el carácter de duelo de este “doble nacimiento”; reposicionamiento del sujeto frente a: las figuras parentales idealizadas de la infancia, vacilación y extrañeza frente a la metamorfosis de la imagen corporal propiciada por la pubertad, la caída de las identificaciones colocadas en los “objetos idealizados” de la infancia (Barrantes, 2001, p. 268).

Pero, gracias a la multiplicidad de cambios, el niño se torna más reflexivo y desarrolla el pensamiento formal que le permite distinguir entre lo real y lo fantástico; lo justo y lo injusto; lo imposible y lo posible.

A medida que pasa el tiempo, el adolescente es más profundo y está en la capacidad de analizar y sintetizar sus ideas, porque, «a través de cualquiera de sus elecciones, incluso aparentemente triviales, va, en definitiva, eligiendo el tipo de hombre y el tipo de mujer que pretende ser» (Canova, 2004, p. 90), y por ello -con facilidad- cuestiona los principios establecidos, se contradice, contradice a sus padres y pone en duda muchas verdades que recibió en su primera y segunda infancia.

Durante esta época de crisis el adolescente se torna terco como el adulto e iluso como el niño, y su afán por hacer valer su forma de pensar y por sentirse grande e importante, lo llevan a entrar en conflicto con los adultos y a experimentar una rebeldía que, en muchas ocasiones, ni siquiera él puede comprender, porque está -como la larva- experimentando una etapa de transformación que le forma su personalidad, sus gustos, sus creencias y lo llevan a la madurez, en la que volará con la claridad de sus alas y vivirá bien con la lucidez de sus ideas, esperanzas, fines y utopías.

Por la condición amorfa y poco definida, que es típica de toda transformación, los padres y los profesores deben orientar con bastante cuidado a los adolescentes, ya que en esa época:

Se presentan fenómenos relativamente nuevos, como el uso de drogas alucinógenas, mayor número de embarazos entre las adolescentes, mayor frecuencia en contraer enfermedades venéreas en los jóvenes. Mayor tendencia al suicidio, mayor adhesión a tendencias ideológicas radicales, exigencia de una libertad total en lo sexual, menor aceptación de la autoridad paterna y de los profesores (González, 1978., p. 9).

Mientras cambian sus ideales y principios, el adolescente vivencia sentimientos apasionados que lo hacen dudar de todo, de todos y -en muchos momentos- de sí mismo. A pesar de mostrarse fuerte en sus juicios, se deja arrastrar con facilidad cuando encuentra modelos satisfactorios a sus gustos; hace nuevos amigos y consolida pequeños grupos de afinidad por su constante búsqueda de nuevas realidades, y se compromete con relaciones amorosas que le permiten despertar y afianzar sus rasgos sexuales y de comportamiento ante las demás personas, sobre todo ante las de sexo opuesto.

Conviene tener en cuenta que la realidad grupal es una característica fundamental de la adolescencia. El grupo supone para el adolescente el consuelo en la incertidumbre, en la indecisión y en la angustia. Lo busca porque garantiza su seguridad personal, le ayuda a emanciparse de los padres y a defenderse de la autoridad (Francia, 1987, p. 15).

Diferente a sus años anteriores, el adolescente siente la necesidad de razonar y, por ello, se preocupa mucho por mantener diálogos profundos en los cuales pueda exponer sus puntos de vista sobre las cosas, los sentimientos y fenómenos de la realidad. No olvidemos que -por su condición de búsqueda- está dispuesto al conocimiento que provenga de otras personas y de nuevos ambientes si estos se muestras coherentes. Por esta razón, es conveniente que los adultos orienten el desarrollo de características y actitudes positivas, e inculquen -con el testimonio coherente- una idónea forma de pensar, sentir y actuar que le garanticen gestar una personalidad idónea para la sociedad, capaz de hacer realidad los valores humanos y los principios de la fe.

Pese a que el adolescente es rebelde, desordenado, cambiante, incomprensible, crítico y analítico, si es bien orientado se preocupa por el bienestar de las demás personas; vivencia fuertes estados espirituales; busca conformar grupos de trabajo y compromiso social; realiza tareas en beneficio de los más necesitados y son estas actividades las que le permiten descubrir sus gustos, intereses y motivaciones, orientar su vida profesional, emocional y su Proyecto Personal de Vida.

Referencias:

Bach, Richard. (1988). Ilusiones. Buenos Aires: Ed. Javier Vergara.
Barrantes, Ginette. (2001). El duelo en la adolescencia. Una crítica de la versión romántica. En: Donas Burak, Solum. Compilador. (2001). Adolescencia y juventud en América Latina. Costa Rica: Editorial Tecnológica de Costa Rica.
Canova, Francisco. (2004). Psicología evolutiva del adolescente. Bogotá: Ed. San Pablo.
Coromines, Joan. (2008). Breve diccionario etimológico. Madrid: Ed. Gredos.
Francia, Alfonso. (1987). Curso para jóvenes cristianos animadores de grupos I. Documentación y servicio. Madrid: Ed. CCS.
Gonzalez I, Guillermo. Comportamiento y salud, tomo II. Ed. Bedout. Medellín. 1978., p. 9.
Pegueroles, Juan de. (1972). Pensamiento filosófico de San Agustín. Barcelona: Ed. Labor.
Restrepo S, Jaime A. (2009). Desarrollo humano y habilidades para vivir. Manizales: Universidad de Manizales.
Torres M, Gertrudys. (2001). Desarrollo del niño en edad escolar. Bogotá: Ed. Usta.


[1] Barroco: del fr. “barroque” – “extravagante”. “Barroque”, adjetivo aplicado a la perla de forma irregular.

9 de febrero de 2012

LO QUE HA DADO LA TECNOLOGÍA


Por: Edver Augusto Delgado Verano

¿Qué hacer ante los constantes cambios de la humanidad, ¿qué hacer si los múltiples inventos tecnológicos y los descubrimientos científicos acorralan por todas partes al ser humano y a cada instante le gritan al oído sus supuestos y omnipotentes poderes? 

Ante esto, lo primero que debe quedar claro es que la ciencia y la tecnología no han podido dar la última palabra, porque si fuera así, no abundarían los conflictos sociales y las constantes paradojas en la vida, no morirían muchos en soledad y todos estarían más cerca de la verdad. 

Se sabe que existen, gracias a la tecnología, grandes facilidades para el ser humano pero de igual forma ha aumentado la intolerancia, la mentira y se ha anchado la autopista de la discriminación, la xenofobia, el racismo, el rechazo y la indiferencia social. 

Por la tecnología, los seres humanos han encontrado satisfechas muchas de sus inquietudes, pero no por ello, la sociedad es más unida, más tranquila, más humana y comparte mejor sus puntos de vista. 

Con la tecnología se ha aumentado el consumo, pero no el tener, porque hoy se consume más, se disfruta menos y se paga más, pero se hace menos y, con todo eso, la sociedad tiene precio pero no valor, disfruta de posesiones pero ha reducido el sentido de la vida y los valores humanos. 

La tecnología ha permitido descubrir el mundo, pero no encontrarlo; porque por un lado están las posibilidades y por el otro el sin sentido y la falta de conciencia sobre lo que ofrece él a cada instante, para bien del mismo hombre. 

Hoy, con la constante transformación del mundo, se vive en espacios más grandes pero con mayor soledad, se conoce más pero se entiende menos y sobre todo, se cuenta con más facilidades pero con mucho menos tiempo. Se ha agrandado el espacio pero reducido el tiempo. 

La velocidad acompaña a la tecnología y en la velocidad se desintegra la esencia del ser humano y con él, sus sueños, sus metas, sus ideales y todas esas utopías que -en la historia- lo han mantenido vivo, sonriente y dispuesto. Lo que es hoy, mañana no lo es, lo que se tiene al instante no se tiene ya que el cambio construye superficiales gustos y necesidades. 

El hombre gracias a la tecnología, ha caminado mucho, pero amado muy poco, porque por ella, ha aumentado su indiferencia, su odio y cada día él, se ama menos. Han sido tan grandes los pasos dados con la ayuda de la tecnología que se ha llegado a la luna y tan cortos -esos pasos- que no se ha llegado a la esencia misma del ser, que es donde está la verdad que permite lo suficiente para vivir con sentido.


4 de febrero de 2012

... para Reflexionar.

¿Qué es importante y qué es fundamental?

... para Pensar.


"Conócete a ti mismo, conocerás a los demás y descubrirás a Dios"

16 de octubre de 2011

El mar del conocimiento

EL MAR DEL CONOCIMIENTO
THE SEA OF KNOWLEDGE
Por: Gloria Amparo Gómez Esguerra.
Vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados,

sin tratar de abrirlos jamás. René Descartes

.
Y allí estaba yo, sola en la inmensidad del océano, en una pequeña embarcación. Sin embargo no sentía temor, tan sólo tenía en mi mente una frase que mi madre siempre nos repetía desde pequeños… ”¿de que vale ser un mar de conocimientos si no se tiene un centímetro de profundidad?” y mientras escuchaba una y otra vez la voz de mi madre, repitiendo siempre el mismo cuestionamiento, noté con asombro, como de esas aguas aparentemente turbias, empezaban a emerger una especie de escotillas, como las de un submarino, como las que siempre he imaginado del Nautilius.
.
Me quedé muy quieta, bueno lo quieta que se puede uno quedar mientras la balsa va a la deriva, y poco a poco quedé completamente rodeada por estos extraños aparatos, que ya en la superficie parecían gigantes tubos transparentes, y noté con gran asombro, que había una palabra en cada uno de ellos, así aquel “tubo” tenía escrito sicología, otro, etica, el de más allá ontología, otro metafísica, antropología, sociología, siquiatría, política, teología, astrología y muchas más palabras que no alcanzo a recordar.
.

De pronto, con gran ímpetu emergió uno que llamó poderosamente mi atención, era epistemología, si claro, pensé para mí, bueno tampoco había nadie más a quien decirle, esa palabra la he escuchado durante todo el semestre en la universidad, significa el estudio del conocimiento científico. A lo lejos en el horizonte vi a la hermenéutica, como si se riera de mis precarios conocimientos sobre tanto y tanto textos que he leido durante mi ya larga existencia, pues como bien saben, ella se encarga de analizar descifrar e interpretar un mensaje o un texto.
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Sin pensarlo mucho y viendo que cabía por la apertura de aquel extraño tunel, me deslicé por la epistemología, hacia el fondo del mar. A medida que descendía noté que no necesitaba oxigeno para respirar, que no tenía frio ni calor, que no importaba que mis gafas no las tuviera puestas, allí en ese mundo los sentidos parecían no tener ninguna relevancia, y noté como todo estaba compuesto por ideas de diversa índole.
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También observé que si bien en la superficie cada uno poseía una entrada, en el fondo, todos estaban interrelacionados, conectados como un gran sistema, además creo que los límites eran más bien de mi percepción que de la realidad del lugar, porque siendo completamente transparentes, no se podía establecer donde iniciaba uno ni donde iba a terminar.
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Lamenté muchísimo no recordar los nombres de tantos y tan afamados filósofos, nunca pensé que fuera a extrañar lo que aprendí en la escuela, pero allí estaban: vivos, renovados, actuales.
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En aquel lugar estaban las ideas que representaban el conocimiento de la realidad, bueno, las identifiqué porque en estos días estuvimos analizando algunas de ellas: Estaban los dogmáticos, con sus verdades ya establecidas, sus oponentes, los escépticos que se niegan a dar juicios, los relativistas y subjetivistas que opinan que todo depende de quien observa, los pragmáticos que suponen que el conocimiento se da por la experiencia y la práctica, y por último, los seguidores del criticismo según los cuales el hombre si puede llegar a conocer la verdad, pero que es necesario que esté dispuesto a asumir una actitud crítica ante el conocimiento. Este grupo llamó mucho mi atención y me sentí identificada con esta idea, porque para llegar al conocimiento debemos tener en cuenta la forma como conocemos y como se nos presentan los objetos para ser conocidos.
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Así, aparecieron las ideas origen del conocimiento; el racionalismo que propone que el conocimiento tiene su origen en la razón, a partir de la capacidad de pensar, y por tanto, la razón es la única que nos puede proporcionar un criterio de verdad de nuestro conocimiento. También vi al empirismo, para quien el conocimiento del hombre es fruto de la experiencia y, en medio de ellos estaba el intelectualismo, no por causalidad en medio, sino, porque en su concepto, ambas (la razón y la experiencia) son necesarias para la generación del conocimiento.
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Las ideas están representadas en Pitágoras, Sócrates, Platon, Aristóteles, San Agustín, Tomas de Aquino, Maquiavelo, Descartes, Kant, Marx, Nietzsche, Freud y otros tantos. Vaya… siempre me dijeron que ya habían muerto, pero no, aquí están en toda su esencia!, son muchos más, solo que ahora no tienen figura humana, son ideas que fluyen sin cesar, que van y vienen, a la espera de alguien del mundo exterior que quiera venir a experimentar esa inefable alegría de compartir conocimientos…, pero son tan pocos, se queja San Agustín, ya su mundo no quiere analizar, se pierden entre la tecnología y las cadenas de la edad atómica y olvidaron su esencia, sus principios.
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Yo, sigo siendo optimista y les digo que no es así, yo estudio en la Universitaria Agustiniana y en ella, se han propuesto fomentar el desarrollo científico y tecnológico a través de la investigación, con el aprovechamiento de las capacidades y habilidades científicas de toda la comunidad educativa. Bueno, como decía, insistí en mostrarles que si hay muchas personas que están interesadas en aprender, en reaprender y entender la realidad que nos circunda, sin embargo es tan vasto el universo, que tan solo logramos conocer una pequeña parte de él. Justo en ese momento veo a alquien que pasa raudo cerca de mí y no me reconoce, se trata de Édver, si el mismo Édver Delgado que tu y yo conocemos, nuestro profesor de investigación quien sembró en nosotros una semilla sobre la importancia del conocimiento, la cual empieza a germinar en muchos. Entonces les digo: es un buen ejemplo, es un grano de arena, pero por algo se empieza.
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De pronto, sentí que me faltaba el aire, que ya no podía respirar y una idea que pasaba rauda a mi lado me dijo: se acabó tu tiempo, pero cómo, solicité, apenas estoy comenzando a comprender… Si, se acabó tu tiempo – insistió la idea – debes volver al mundo exterior.
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Yo no estaba dispuesta a dejarme vencer por aquella idea, yo quería conocer más porque el conocimiento nos hace mejores y yo deseo ser cada día mejor. Como si leyera mi pensamiento me dijo, no te preocupes, puedes volver, pero para ello, debes regresar a tu mundo, leer, estudiar, analizar la información y cuando ya tus conocimientos sean mayores, podrás regresar, no antes. En tu lenguaje, para que me entiendas, el conocimiento que adquieras en tu mundo será el tanque de oxígeno que te permitirá regresar para experimentar ese conocimiento que has adquirido, así que vé y prepárate. Nosotros no iremos a ningún lado, aquí estaremos esperándote cuando estés preparado, como dicen en su mundo: “cuando el estudiante está preparando, aparecerá el maestro”.
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De repente, sentí el cambio de la presión de la profundidad, por la velocidad con que me expulsaba aquel túnel hacia la superficie marítima, y en ese momento, escuché la alarma que me indicaba que era hora de levantarme!.

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